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MUNDO
AL DIA

Por ISAAC BIGIO *
e-mail: Bigio2004@yahoo.com /
www.bigio.org
MEDIO ORIENTE: Arafat, el árbitro ausente
Yaser
Arafat fue un hombre con demasiado poder y autoridad. El era quien estaba
como una suerte de árbitro entre distintas fracciones palestinas. Su
ausencia generará un vacío y posibles peleas internas dentro de sus
compatriotas. ¿Qué pasará en el campo palestino tras su partida? ¿Qué
efectos podrá tener ello con relación a un proceso de acuerdos con Israel?
Arafat concentraba tres roles en su propio mando. Era el jefe de Al Fatah
(el principal partido palestino), de la Organización para la Liberación
Palestina (OLP, el frente que agrupa a la mayoría de corrientes palestinas)
y de la Autoridad Palestina (un Estado embrionario con sede en Ramala). El,
al igual que Napoleón Bonaparte, tenía mucho poder y usaba éste para mediar
entre distintas fuerzas.
Por ello su rol aparecía contradictorio. Por una parte Arafat era el hombre
que ganó el Premio Nobel a la paz y era cortejado por Occidente como un
“estadista” que podría ser el “Mandela” de su pueblo. Por otra parte él
alentaba revueltas populares y mantenía relaciones con quienes organizaban
bombas humanas. Al montar sobre dos caballos tan disímiles él buscaba evitar
que éstos se separasen en direcciones opuestas y ansiaba mantener cierta
unidad en su propio campo.
La vacante a esos tres cargos no ha sido llenada por una sola persona sino
por tres líderes distintos. La Autoridad Palestina pasa formalmente a manos
de Ruhi Fatauh, líder del Parlamento, quien deberá supervisar elecciones en
dos meses. El poder real de ésta recae en el primer ministro Ahmed Qureia.
La OLP pasa a ser timoneada por Mahmoud Abbas. Al Fatah está bajo la
dirección de Faraouk Qadoumi.
Tanto Qureia como Abbas pertenecen al sector que Israel considera como
“moderados” y dispuestos a llegar a un entendimiento “pacífico”. Qadoumi, en
cambio, no aceptó los acuerdos de Oslo, vive en el exilio y mantiene una
hostilidad hacia Israel. Al Fatah sigue siendo la columna vertebral de la
OLP y de la Autoridad Palestina y sus Brigadas Al Aqsa han protagonizado
varios atentados suicidas.
Para Sharon Arafat era una persona con la cual ya no se podía negociar. Por
dos años no había tratos con él.
La existencia de Arafat era un pretexto ideal para evitar cualquier diálogo.
Hoy ya no hay dicho “ogro” e Israel sufrirá la presión internacional para
mostrar magnanimidad.
La ambición de Sharon siempre fue sacar del medio a su Némesis, dividir a
los palestinos y lograr acuerdos con líderes regionales o moderados. La
posibilidad que Israel logre tener relaciones privilegiadas con aldeas o
sectores árabes no es una utopía pues antes ha logrado que muchos drusos y
beduinos sean cooptados a sus Fuerzas Armadas.
Sharon podría hacer gestos de conciliación frente a un nuevo liderazgo
“moderado” en manos de Qureia o Abbas. Esto, a su vez, podría fortalecer la
autoridad de ellos.
La cuestión está en que Sharon no puede ni quiere dar si quiera el nivel de
concesiones que sus predecesores laboristas aceptaron a fines de los años
90. En ese entonces el proceso de paz explotó por que no se resolvía el
pedido de los millones de palestinos de poder retornar a sus tierras hoy
integradas al Estado de Israel, así como los niveles de poder y soberanía
para el nuevo Estado.
Sharon hoy quiere un Estado palestino con menos fuerza y viabilidad. A
diferencia del laborismo su partido Likud no está dispuesto a entregar
ninguna parte de Jerusalén y a desmantelar la mayoría de las colonias en la
Franja Occidental donde residen unos 400 mil israelíes.
Esto, repercute negativamente sobre los “moderados” pues no tendrían mucho
que mostrar a su gente aparte de cierto retiro de las tropas israelíes y
posibles inyecciones económicas como compensación.
Por otra parte, la partida de Arafat permite que los radicales ya no tengan
“al padre de la patria” como un obstáculo. Hamás, quien hoy puede ser el
partido más fuerte en Gaza, no está ni en la OLP ni en el gobierno
palestino. Este se niega a reconocer a Israel y a lo más que puede aceptar
es a una “tregua” si Israel deja de incursionar en sus territorios.
Los intransigentes palestinos querrán crecer demandando más concesiones y el
derecho de los palestinos a retornar a sus tierras y eventualmente a
“recuperar todo el país”. La izquierda de Al Fatah y la OLP sufrirá dicha
presión. Ello acentuará las divergencias palestinas internas.
Sharon para dar concesiones a los “conciliadores” palestinos va a demandar
de éstos mayor energía contra el “terrorismo” generando el espectro de una
guerra civil entre palestinos.
La ventaja que hoy tiene Sharon es que cuenta con tres victorias. La primera
es que se ha doblegado a los regímenes nacionalistas árabes que apoyaban a
los palestinos: Husein ha sido depuesto y Gadafi se ha reamistado con
Occidente. La segunda es que Sharon ha logrado hacer aprobar su plan en el
Parlamento y evitado una escisión en el Likud. La tercera es la reelección
de Bush, el presidente norteamericano más proisraelí que haya habido, y con
una mejor votación que en 2000.
Sin embargo, algo que juega en contra de ambos es el creciente sentimiento
de frustración y rebeldía dentro de los árabes y musulmanes en general. Un
entendimiento en Palestina podría amortiguar ello, pero si éste no se da se
retroalimentaría dicha cólera.
BOLIVIA Y CHILE: Tensiones a 100 años del ‘Tratado de
Paz’
Bolivia y Chile han cumplido 100 años del tratado limítrofe de 1904 en medio
de un agravamiento de tensiones. Según ese acuerdo, el primero aceptó la
anexión mapochina hecha 25 años atrás sobre sus 400 kilómetros de costa,
mientras el segundo ofreció acceso al puerto de Arica y construir un tren de
ésta hacia La Paz.
Hoy, La Paz acusa a Santiago de estar violando dicho tratado y también pide
que éste sea reformulado. Para Bolivia, el reciente proceso de privatización
del puerto de Arica implica una ruptura de los acuerdos originales. Por otro
lado, está la demanda para que se ponga fin a sus 125 años de
mediterraneidad y que quienes le quitaron su litoral le entreguen un pequeño
pedazo de costa.
La Cancillería chilena ha negado cualquier posibilidad de revisar dicho
documento. Lagos sostiene que su país puede permitir una concesión portuaria
no soberana, pero no puede entregar territorio.
Si se le diera una franja de tierra a Bolivia por el norte de Arica se
estaría violando el Tratado con Lima de 1929 y mediante el cual Chile no
puede ceder ninguna área de la zona de Arica a un tercero sin consultar al
Perú. Ese paso implicaría cancelar la frontera entre Chile y Perú, la misma
que tiene un amplio movimiento comercial y que repercute en la economía de
Tacna y Arica, ciudades que no ven con simpatía dicho paso. Muchos sectores
en Perú objetarían ello también por la razón que ello complicaría la
pretensión que tiene Lima para redefinir los límites de la plataforma
marítima con su vecino sureño. Mas también hay otras opiniones en Perú que
creen que mejor sería cancelar la frontera con Chile para así reducir los
cuarteles acantonados en Tacna y reducir el presupuesto bélico.
Si la franja de tierra se diera al sur de Arica, Chile podría argumentar
sentirse incómodamente partido. Otra posibilidad es entregar un enclave de
playas sin conexión directa con Bolivia, pero eso podría generar más
complicaciones e insatisfacciones en ambos bandos: en el altiplano podría
seguir reclamándose una salida continua al mar y en Chile se podría mantener
un resentimiento por haber hecho una entrega territorial. Ciertamente que en
la historia de la disputa han habido una serie de posiciones en Chile a
favor de entregar una costa a Bolivia a cambio de territorios en la
cordillera ricos en litio e incluso un posible enclave en la cuenca
amazónica.
No obstante, hoy los dos gobiernos vienen acentuando sus contradicciones. En
represalia por la privatización del puerto de Arica y porque no se le quiere
dar ninguna concesión territorial, Palacio Quemado plantea agravar los
impuestos sobre los productos que vienen desde y hacia Chile. Así pretende
afectar el comercio que podría tener su vecino occidental con Brasil y zonas
del Cono Sur.
Tanto Mesa como Lagos sufren fuertes presiones internas. En Bolivia, la
iniciativa opositora la tienen los sindicatos, la izquierda y las
organizaciones indígenas. Fueron éstas las que con la huelga general y los
bloqueos de octubre pasado lograron sacar al presidente Sánchez para que
éste fuese substituido por su vice Carlos Mesa. Evo Morales, Felipe Quispe y
los principales líderes laborales altiplánicos tienen una marcada oposición
a exportar el gas vía Chile sin ser previamente industrializado. Estos
dirigentes coquetean con un fuerte sentimiento popular antichileno, pese a
que las primeras influencias sindicales y marxistas en Bolivia provinieron
de Chile y a que los fundadores del socialismo boliviano proponían una
confederación regional como única vía para solucionar el conflicto.
Mesa siente el látigo antichileno y pronacionalización del gas, por ello su
discurso se adapta a ello. Su política exterior es muy proPerú e
internamente busca un mayor control estatal sobre los hidrocarburos (aunque
sin llegar a nacionalizar éstos o ponerlos ‘bajo control de sus
trabajadores’, como piden algunos sindicatos).
El socialista Lagos, en cambio, sufre otras presiones. Lavín viene creciendo
y su coalición de centro-derecha podría tener chances de ganar las
elecciones generales venideras. El presidente mapochino cree que si
recorriese el camino de Allende y empezase a buscar una salida negociada
territorial con su vecino noroccidental, la derecha podría acusarle de no
ser lo suficientemente patriótico y con ello ésta podría conquistar votos
claves.
Chile y Bolivia podrían llegar a una suerte de unidad económica y política
que permita que los dos se beneficien de los recursos que ambos tienen. Por
el momento, ambos Estados tienen una perspectiva contrapuesta.
Isaac Bigio ha enseñado política latinoamericana en la London School of
Economics y allí se ha especializado en los problemas de la región sur de
los Andes.
Arafat, el
Arbitro que Falta
Cuando se cumplían 38
meses del 11-S se anunciaba la muerte de la principal figura palestina en
casi 4 décadas. No hay un sucesor nombrado por él ni tampoco uno que pueda
tener la capacidad de convocatoria que éste tenía. Yasser Arafat fue un
hombre con demasiado poder y autoridad. Él era quien estaba como una suerte
de árbitro entre distintas fracciones palestinas. Su ausencia generará un
vacío y posibles peleas internas dentro de sus compatriotas. ¿Qué pasará en
el campo palestino tras su partida? ¿Qué efectos podrá tener ello con
relación a un proceso de acuerdos con Israel?
Arafat concentraba 3 roles en su propio mando. Era el jefe de Al Fatah (el
principal partido palestino), de la Organización para la Liberación
Palestina (OLP, el frente que agrupa a la mayoría de corrientes palestinas)
y de la Autoridad Palestina (un Estado embrionario con sede en Ramala). Él,
al igual que Napoleón Bonaparte, tenía mucho poder y usaba éste para mediar
entre distintas fuerzas.
Por ello su rol aparecía contradictorio. Por una parte Arafat era el hombre
que ganó el Premio Nóbel a la paz y era cortejado por Occidente como un
‘estadista’ que podría ser el ‘Mandela’ de su pueblo. Por otra parte él
alentaba revueltas populares y mantenía relaciones con quienes organizaban
bombas humanas. Al montar sobre dos caballos tan disímiles él buscaba evitar
que éstos se separasen en direcciones opuestas y ansiaba mantener cierta
unidad en su propio campo.
La vacante a esos 3 cargos no ha sido llenada por una sola persona sino por
3 líderes distintos. La Autoridad Palestina pasa formalmente a manos de Ruhi
Fatauh, líder del parlamento, quien deberá supervisar elecciones en 2 meses.
El poder real de ésta recae en el primer ministro Ahmed Qurei. La OLP pasa a
ser timoneada por Mahmoud Abbas. Al Fatah está bajo la dirección de Faraouk
Qaddoumi.
Tanto Qurei como Abbas pertenecen al sector que Israel considera como
‘moderados’ y dispuestas a llegar a un entendimiento ‘pacífico’. Qaddoumi,
en cambio, no aceptó los acuerdos de Oslo, vive en el exilio y mantiene una
hostilidad hacia Israel. Al Fatah sigue siendo la columna vertebral de la
OLP y de la Autoridad Palestina y sus Brigadas Al Aqsa han protagonizado
varios atentados suicidas.
Para Sharon Arafat era una persona con la cual ya no se podía negociar. Por
dos años no había tratos con él. Lapid, su ministro de justicia y jefe del
Partido del Centro (Shinui, el menos halcón de su gabinete), se despidió de
Arafat diciéndolo cuanto lo odiaba y por que no podía dejar que ese
terrorista sea enterrado en Jerusalén junto a reyes hebreos.
La existencia de Arafat era un pretexto ideal para evitar cualquier diálogo.
Hoy ya no hay dicho ‘ogro’ e Israel sufrirá la presión internacional para
mostrar magnanimidad. La ambición de Sharon siempre fue sacar del medio a su
Némesis, dividir a los palestinos y lograr acuerdos con líderes regionales o
moderados. La posibilidad que Israel logre tener relaciones privilegiadas
con aldeas o sectores árabes no es una utopía pues antes ha logrado que
muchos drusos y beduinos sean cooptados a sus FFAA.
Sharon podría hacer gestos de conciliación frente a un nuevo liderazgo
‘moderado’ en manos de Qurei o Abbas. Esto, a su vez, podría fortalecer la
autoridad de ellos.
La cuestión está en que Sharon no puede ni quiere dar si quiera el nivel de
concesiones que sus predecesores laboristas aceptaron a fines de los 1990s.
En ese entonces el proceso de paz explotó por que no se resolvía el pedido
de los millones de palestinos de poder retornar a sus tierras hoy integradas
al Estado de Israel, así como los niveles de poder y soberanía para el nuevo
Estado.
Sharon hoy quiere un Estado palestino con menos fuerza y viabilidad. A
diferencia del laborismo su partido Likud no está dispuesto a entregar
ninguna parte de Jerusalén y a desmantelar la mayoría de las colonias en la
Franja Occidental donde residen unos 400,000 israelíes.
Esto, repercute negativamente sobre los ‘moderados’ pues no tendrían mucho
que mostrar a su gente aparte de cierto retiro de las tropas israelíes y
posibles inyecciones económicas como compensación.
Por otra parte, la partida de Arafat permite que los radicales ya no tengan
‘ al padre de la patria’ como un obstáculo. Hamas, quien hoy puede ser el
partido más fuerte en Gaza, no está ni en la OLP ni en el gobierno
palestino. Este se niega a reconocer a Israel y a lo más que puede aceptar
es a una ‘tregua’ si Israel deja de incursionar en sus territorios.
Los intransigentes palestinos querrán crecer demandando más concesiones y el
derecho de los palestinos a retornar a sus tierras y eventualmente a
‘recuperar todo el país’. La izquierda de Al Fatah y la OLP sufrirá dicha
presión. Ello acentuará las divergencias palestinas internas.
Sharon para dar concesiones a los ‘conciliadores’ palestinos va a demandar
de éstos mayor energía contra el ‘terrorismo’ generando el espectro de una
guerra civil entre palestinos.
En cierta medida se podría repetir el escenario irlandés de inicios de los
1920s cuando un ala del nacionalismo de dicha isla aceptó soberanía a costa
de renunciar a los 6 condados del norte, y ello, a su vez, generó una guerra
civil entre los partidarios de un acuerdo con Reino Unido y los partidarios
de una república que una a toda la isla. Las secuelas de ello aún se
mantienen.
Por el momento Abbas apuntaría a ser el nuevo líder palestino, aunque tal
vez el más popular caudillo de dicha nación es Bargoutti, quien se encuentra
sirviendo cadena perpetua en Israel. Él está identificado con la ‘lucha
armada’ aunque también acepta una solución bi-estatal. Por el momento Israel
puede mantenerlo en reserva como una posible carta a utilizar, y poder
liberar a cambio que él pueda garantizar una salida negociada.
La ventaja que hoy tiene Sharon es que cuenta con 3 victorias. La primera es
que se ha doblegado a los regímenes nacionalistas árabes que apoyaban a los
palestinos: Hussein ha sido depuesto y Khaddafi se ha reamistado con
Occidente. La segunda es que Sharon ha logrado hacer aprobar su plan en el
parlamento y evitado una escisión en el Likud. La tercera es la re-elección
de Bush, el presidente norteamericano más pro-israelí que haya habido, y con
una mejor votación que en el 2000.
Sin embargo, algo que juega en contra de ambos es el creciente sentimiento
de frustración y rebeldía dentro de los árabes y musulmanes en general. Un
entendimiento en Palestina podría amortiguar ello, pero si éste no se dá se
retroalimentaría dicha cólera.
Adiós Arafat
La muerte de Arafat pone a Sharon en una situación incómoda. Por un lado, él
solió pedir su muerte y ansió dividir a los palestinos en liderazgos locales
para querer pactar la formación de ‘bantustanes’. Por otra parte, la
ausencia de Arafat implicará que ya no habrá un ‘ogro’ contra el cual se
podría vetar un diálogo. Israel podría sufrir más presiones internas y
externas para sentarse a pactar con los palestinos.
Dentro de los palestinos se acentuarán pugnas por ver quien llena el vacío
de quien acaparadoramente controló al movimiento palestino durante casi 4
décadas. En el partido de Arafat (Al Fatah) hay una pugna entre ‘moderados’
y ‘radicales’ mientras los intransigentes islámicos o socialistas que no
quieren reconocer a Israel podrán seguir creciendo.
Paradójicamente la partida de quien Israel antes consideró como su mayor
enemigo terrorista podría acentuar las tensiones internas tanto en ese país
como dentro de los palestinos.
Dos cambios
en el medio oriente
El líder palestino cayó
muy enfermo cuando el parlamento israelí aprobó la retirada de Gaza. Esos
dos hechos, que se han producido simultáneamente por casualidad, pueden
alterar el curso del conflicto hebreo-árabe.
La renuncia a Gaza es también a la idea del ‘Gran Israel’. Implica el inicio
del reconocimiento de cierta soberanía para zonas palestinas. La cuestión
está en saber quien podrá ocupar el liderazgo de un nuevo ente palestino.
Sharon siempre quiso sacar a Arafat del medio. Su defunción animará una
pugna por su sucesión. Al Fatal, el partido de Arafat, tiene un ala proclive
a mayores compromisos con Israel y otra que organiza atentados suicidas.
Sharon prefiere que los palestinos se dividan en varias corrientes y mejor
si éstas se enfrentan entre sí. Los radicales islamistas o izquierdistas
podrán querer sacar provecho del deceso de Arafat para plantear políticas
más agresivas tendientes a ‘reconquistar toda Palestina’.
(*) Bigio ha obtenido grados y postgrados en historia y política
económica. En ésta, considerada la mayor universidad global de ciencias
sociales, él ha enseñado ciencias políticas y administración pública. En
1998 obtuvo el premio Dillons (la principal librería inglesa) a la
excelencia. Es columnista de varios diarios. |