Miseria
moral y cobardía del magnicida
Hace unos días fue
asesinado el fiscal de Venezuela, Danilo Anderson, encargado de
la investigación del intento del golpe de estado de 2002 para derribar a
Hugo Chávez. Después de sufrir varias amenazas de muerte, un artefacto
explosivo colocado en su automóvil fue accionado con un teléfono móvil y
acabó con él. Un mes antes, se intentó asesinar al general Jorge García
Carneiro, ministro de Defensa, con un ingenio explosivo oculto en la tumba
de su madre, que el militar iba a visitar, pero el atentado fue frustrado.
El mes pasado, desde el canal 22 de Miami, el actor y presentador
venezolano, Orlando Urdaneta, miembro activo de la oposición, reclamó
abiertamente que el presidente de la República Hugo Chávez fuera asesinado
de una vez. “Con hombres con armas largas con mirillas telescópicas que no
fallan –precisó-. La orden tiene que venir de empresarios que tienen el
dinero suficiente para traerse un comando israelí, como Dios manda”.
El
magnicidio, desde el de Julio César en Roma, tiene larga tradición entre los
seres presuntamente racionales que somos los humanos. En Latinoamérica, el
magnicidio del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán en 1948 inició
una época de violencia en Colombia que aún no ha cesado. En aquel asesinato
político estuvo mezclada la CIA, tal como reconoció en un documental cubano
el ex-agente de esa agencia John Mempples Spirito, cuya misión fue contratar
y pagar al asesino, el colombiano Juan Roa Sierra, linchado tras el
magnicidio por la multitud en el inicio de la rebelión conocida como el “bogotazo”.
Casi 40 años después, un líder de la izquierda colombiana, candidato
presidencial por la progresista Unión Patriótica, Jorge Pardo Leal, fue
asesinado a tiros en pleno Bogotá junto a su esposa y sus tres hijos. En
marzo de 1990, el también candidato presidencial por Unión Patriótica,
Bernardo Jaramillo Ossa fue asesinado por varios disparos en Bogotá. John
Perkins, antiguo miembro de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, ha
denunciado en un libro de reciente aparición que tanto el presidente Omar
Torrijos de Panamá como el presidente Jaime Roldos de Ecuador fueron
asesinados por la CIA en 1981. Al primero, haciendo estallar su avión, y al
segundo, su helicóptero.
En septiembre del año pasado, el Gobierno de Israel barajó seriamente mandar
asesinar a Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina. El
viceprimer ministro israelí, Elhud Olmert, dijo en una emisora de radio que
asesinar a Arafat “no es un asunto de moral sino de saber si es práctico o
no”. Amnistía Internacional ha denunciado en sus informes desde 1999 las
ejecuciones extrajudiciales o muertes fuera de ley por parte de los
israelíes, los asesinatos selectivos de líderes palestinos. En otros
lugares, como en la agitada Bielorrusia, la oposición denuncia la
desaparición o muertes inexplicables de los políticos que pudieran hacer
sombra al autócrata Alexander Lukashenko.
La tradición del magnicidio es repugnantemente sólida. Además de ser
indiscutible expresión de miseria moral e innegable cobardía por parte de
quienes recurren a él, es un lúcido barómetro del grado de civilización real
de nuestros países y estructuras políticas, más allá de la retórica hueca de
soflamas democráticas. Y es así, porque el respeto a la vida marca de verdad
la temperatura democrática. No está de más recordar entonces que, en la
difusa guerra contra el terrorismo internacional, Bush autorizó hace ahora
dos años que la CIA pudiera asesinar sin necesidad de permiso presidencial a
quien le viniera en gana, siempre que sospechase que pudiera ser miembro de
Al Qaeda. Lo del permiso presidencial para asesinar arranca de los inicios
de la Guerra Fría, cuando en el seno de la CIA se creó el denominado
Destacamento especial W, también llamado ZR-Rifle, dirigido por William
Harvey, concebido para asesinar a dirigentes políticos opositores en todo
el mundo. ZR-Rifle planificó asesinar al líder congoleño Patrice Lumumba, al
dirigente egipcio Gamal Abdel Nasser, al Che Guevara y a Fidel Castro, como
ha documentado el periodista estadounidense de investigación, Joseph Trento.
Previamente intentaron asesinar al dirigente chino Chou En-Lai. Y siempre
por orden expresa del presidente de los Estados Unidos. Otra cosa es que,
además de asesinos, fueran incompetentes y no lograrán sus objetivos.
El magnicidio marca el nivel de crédito democrático de un Gobierno o de una
estructura de poder; señala de forma implacable la verdadera calaña de
quienes son capaces de recurrir a él y es, paradójicamente, síntoma de la
profunda debilidad política de quienes no tienen empacho en considerarlo
medio legítimo para enfrenarse a quienes se les oponen.
Xavier Caño
Periodista
ccs@solidarios.org.es
Enséñame a
leer
Cuando
un niño abre por primera vez las páginas de un libro comienza una tierna
relación de amistad que puede acabar en un amor fraternal para toda la vida,
o en una intensa repulsión. Por eso es tan importante cuidar las primeras
amistades y conseguir que los niños se acerquen a la lectura con una buena
predisposición.
Se ha hablado mucho de los beneficios de la lectura. Desarrolla el lenguaje,
amplía y enriquece su vocabulario, favorece una mayor comprensión de los
textos, potencia la imaginación y sirve para familiarizarse con personajes,
temas y estilos diversos. Además, también potencia la inteligencia
emocional, ya que consigue hacernos transitar por sentimientos que nunca
hemos vivido. Es una manera de asomarse a la vida sobre seguro, una especie
de barandilla en el balcón.
Existen infinitud de argumentos racionalistas que defienden la lectura. Se
ha demostrado que leer desarrolla la inteligencia del niño. Allí dónde la
televisión sólo muestra y convierte al niño en mero receptor de estímulos,
los libros nos obligan a pensar, a enlazar una acción con todas las
anteriores, a imaginar a los personajes y sus escenarios. Fomenta la
imaginación, que no es más que la capacidad de hacerse preguntas como qué
hará Caperucita en Manhattan. Para desarrollar el pensamiento hace falta
establecer un diálogo, ya lo decía Sócrates, y un libro es la única manera
de establecer un diálogo en la intimidad.
Por todas estas razones es necesario lograr que nazca en el niño el placer
de leer, porque, si no le apasiona, para él será una imposición más que
atenta contra su libertad en lugar de fomentarla.
Para comenzar con buen pie esta relación, hace falta escoger al amigo
adecuado, ya que cada niño específico necesita un libro específico en un
momento concreto. Esa elección define el primer contacto de la relación
posterior. Desde Momo hasta Harry Potter, pasando por Alicia en el país de
las maravillas, todos los relatos de Las mil y una noches, El Principito de
Saint Exupery, los primeros miedos de Poe... todos los libros encierran un
secreto diferente para el lector que se acerca a ellos.
Roald Dahl, genial escritor de cuentos infantiles como James y el melocotón
gigante o Matilda, decía que le apasionaba “enseñar a los niños a
convertirse en lectores, a sentirse cómodos con un libro, no impresionados.
Los libros no deberían asombrar, deberían ser divertidos, apasionantes y
maravillosos; y aprender a ser lector significa una enorme ventaja”. La
ventaja de observar con atención el mundo que nos rodea porque los secretos
más grandes están siempre escondidos, porque aquellos que no creen en la
magia nunca la encontrarán.
Se
puede fomentar la lectura leyendo, rodeando al niño de libros o explicándole
todos sus beneficios. Si estas estrategias fallan, habrá que recurrir a una
medida desesperada: prohibirle los libros, presentárselos como una senda
malvada que no deben seguir. Ya lo decía el cuento aquel del hombre rico
que, después de casarse, le ofrece a su mujer todo lo que desea pero le
prohíbe sólo una cosa, entrar en una habitación que cierra con siete llaves.
La mujer no tarda ni una semana en abrir esa puerta y descubrir detrás de
ella los cadáveres de todas las anteriores mujeres que vencidas por la
curiosidad habían cruzado ese umbral. Esta no es más que la estrategia
fallida de los regímenes totalitarios que, nada más prohibir un libro por
considerarlo perversor de las mentalidades, lo convertían en la obra más
leída en el estraperlo.
Después de acercar al niño a los libros, hay que enseñarles a leer y que
consigan hacerlo con cierta fluidez. Preocuparse de que comprendan lo que
leen para que no les pase lo que tan bien ironizaba Woody Allen cuando
decía: “Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme 'Guerra y paz'
en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”.
Se corre el riesgo de que empiecen a pensar por sí mismos, aunque muchas
personas sigan empeñándose en controlar el pensamiento de los niños con
pedagogías aferradas a la memorización de hechos evitando toda reflexión
sobre ellos.
La lectura no tiene clases ni diferencias económicas. Las bibliotecas,
cuando las hay, claro, son la puerta a un universo maravilloso. La educación
es la única salida para el desarrollo y no existe verdadera educación sin la
lectura. Por eso es tan importante el acceso a los libros. Como decía el
comediógrafo francés, Francis de Croisset, “la lectura es el viaje de los
que no pueden tomar el tren”.
Fran Araújo
Periodista
ccs@solidarios.org.es
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