Cuba, los derechos humanos y la Argentina


 

Ala inmensa cantidad de conflictos que durante este año ha sabido acumular la errática política internacional de la Argentina, ahora se le suma el acontecido con Cuba que inserta agregados de manifiesta incoherencia, por decir poco.

 

Nuestro país ha sabido incluir, en la reforma de la Constitución Nacional de 1994, todos los Tratados Internacionales de Derechos Humanos como parte constitutiva y esencial de la misma. 

Además, el actual Presidente argentino Néstor Kirchner se ha preocupado personalmente del tema, tanto que en muchas partes del mundo le fue reconocida -y lo sigue siendo- su labor en defensa de la dignidad de la persona humana cuando ésta es conculcada por las más diversas políticas de Estado o regímenes políticos no afectos a las normas elementales de la convivencia democrática. 

El caso de la médica cubana Hilda Molina es paradigmático en más de un sentido. Se trata de una persona de innegables méritos científicos reconocidos internacionalmente; además fue parte integrante de la autodenominada “revolución” cubana hasta bien entrada la década del ‘90 del siglo XX, apartándose de la misma por defender enfáticamente los propios principios teóricos que dicho proceso negaba en la práctica, como -en el caso que nos ocupa- su valiente crítica a la atención médica privilegiada que el régimen ofrecía a los extranjeros por sobre la empobrecida población de la isla. 

Al poner en tela de juicio las bases mismas del sistema (o las contradicciones del mismo), la doctora Molina devino en rehén político en su propia patria, y su castigo “ejemplar” consistió en someterla a la privación de un derecho humano básico como es el de poder salir de su país. 

Por una serie de circunstancias -a las que no son ajenas las políticas- el hijo de la mencionada médica debió trasladarse a vivir a la Argentina junto a su familia. Yahora, luego de muchos años sin verse -y sin que su madre conozca a sus nietos- el pedido que se solicita a las autoridades cubanas es en apariencia insignificante: la posibilidad de que Hilda Molina pueda pasar las fiestas de fin de año en el lugar donde viven sus familiares, mediante una autorización transitoria de viaje desde un país a otro. 

Imbuido de un sano espíritu humanitario, el Presidente Néstor Kirchner decidió intervenir en la gestión de dicha autorización mediante una carta que le envió al propio Fidel Castro, en la que en términos más que laudatorios, le pide que contemple la posibilidad de permitir tal viaje.  

A partir de allí, la historia que hoy sacude las crónicas periodísticas aquí y en todo el mundo:la en apariencia cortés pero en los hechos rotunda y desagradecida hacia quien lo trató por encima de sus merecimientos negativos a autorizar el viaje de la doctora Molina. Yluego una serie de idas y vueltas diplomáticas en las que no sólo nuestro país negó el derecho de asilo, sino que se castigó con el despido a todos los funcionarios que permitieron el ingreso, por un par de horas en la embajada argentina en Cuba, de la médica y su octogenaria y enferma madre, de donde fueron sutilmente desalojadas sin más. 

El presidente argentino, que no dudó en polemizar duramente no sólo con el FMI, sino con innumerable cantidad de sus pares por los más diversos motivos (contándose entre ellos nada menos que al chileno Lagos, al brasileño Lula, al italiano Berlusconi o al español Aznar) no se atrevió a insinuarle ni siquiera indirectamente al señor Castro la bajeza de su actitud, claramente reñida con cualquier interpretación que se pueda hacer de una sana política de derechos humanos. 

Ciertas personas que suelen ser implacables -correctamente implacables- con toda violación de tales derechos en nuestro país y en tantos crueles avasalladores que aún perviven por el mundo, han tratado, sin embargo, de minimizar la falta del gobierno cubano con la falaz excusa de que eso sería hacerle un servicio a EEUU o a la “derecha”. Actitud terrible porque la digna y cada día más universal lucha por los derechos humanos debe servir para combatir contra toda dictadura o tiranía, y no para que algunas se beneficien con las críticas a otras. 

Ojalá, entonces, que la Argentina tenga, en este caso, el valor y el coraje de ponerse a la altura de las circunstancias que le demanda la historia. Que acá no es más que honrar la preservación de los derechos básicos de la persona humana, una de las materias en las que el Presidente Kirchner estaba -en el país y en el mundo- más que aprobado hasta la aparición de este nuevo desafío que lo obliga a revalidar sus propias convicciones, o bien negarse a sí mismo.

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