Restaurada, moderna, arribista, empresarial, así luce la urbe capital chilena desde hace un tiempo a la fecha. En cierto modo recoge el alma y arruga el ojo espectador por su fina siutiquería, su alajamiento estructural a ritmo de mezclas de última generación y allanamiento de interiores, con el sello propio de las revistas o periódicos domingueros expertos de la vivienda y decoración. Todo, según la oferta, al mejor estilo del siempre novedoso, cursi y gastado manual del adornillo arribista.
Estilos variopintos con el sello indiscutible del arraigado mal gusto estético, ¡vaya uno a saber a qué corresponde! Que predomina en cuanta muralla y puerta disponga esta tierra que nos moldeó, a contrapelo de los impulsos de nuevas formas de construir y que apenas asoman asustadizas, frente a las ansias ampulosas de arribar bravucones y seguir ocupando el sitial de hijos hechos a imagen y semejanza de la reina madre ¡God save the queen! o acaso lúmpenes ingleses del tercer mundo con características de pequeño burgués. ¡Por supuesto que off course!
Eso es la provincia señalada, eso es Santiago ¡Claro que pos que yes!. Una tacita de té dulcemente desabrido y dispuesto barrio latinoamericano presto para continuar arruinando a cucharadas de cemento si se puede, en rasas porciones de edificaciones si se dejan, la agónica calidad de vida de sus habitantes, que dicho sea de paso, no esconden su perfil flemático, rasurado en el concreto de la mediocridad, el estuco de la frivolidad y el enjuague de la maquinaria pesada del egoísmo, ideal para moldear a una especie de ciudadano exprés y ágil charlatán de una forma de vida, según nos dicen, exclusivo.
Acostumbrada al desaire y abandono se encontraba. Arrastraba desde hace un rato el pijama raído de maltratado olvido pese a la suma de proyectos, bajo el alero auspicioso de constructores heredados de la pantufla del bototo milico y de este otro cuasi cursi que luce el negligé democrático, eternamente prontos a concluir. Una oportunista facilidad carroñera en edificar tramas y trampas urbanas antes que la tierra plusválica se acabe y ofrecer al mejor postor, el inicio del sueño por aparecer modernos, fríos, serios. ¡Cómo corresponde pues!
Un adefesio humano urbanístico con sabor a ghetto de ricos, de aquellos que miran la cordillera sin saber nada de ella y otean el mar desde la alcoba corrupta y a veces asesina, recargada de copias del edén heredadas en sus largas jornadas de lameculósculos de los regímenes que administran el poder neoliberal, en contraste con la mala fotocopia de pobres que tan solo hacen suyo el espacio pestilente del zanjón de la aguada, con carretera exprés incluida, óptimo para la diarrea de casas de un metro cuadrado, si es que alcanza y el chorreo lo permite.
Y es que el sentido de collage urbano, del pegoteo edificante, se parapetó para quedarse en largas jornadas de ausente interés. Hoy radiante desgasta la vista con suerte tuerta, para entrever la verdadera inmundicia de ciudad que nos toca. Obra y gracia del fetiche simbólico de la renovación bicentenaria por una parte, y de la estampa al lujo chabacano pudiente por otra, encargados de manipular el inconsciente colectivo publico con aquello de vivir mejor a costillas de hacer mierda cuanto espacio urbano lo permita. Y todo, en desmedro de lo sencillo quizás. Ni siquiera el brochazo de yeso, que todo lo suple, deja en claro el tipo de mamarracho urbano que nuestros hijos a futuro tendrán que soportar por obra y gracia de los suplicios urbanísticos actuales.
Es también la modorra y flojera eterna de ver construir a puro bostezo y desidia, sin pestañear ni abrir la boca siquiera, una ciudad dormitorio al sur del mundo. La marginalidad exagerada de bastos sectores ronca sin contrapeso en el camarote de la precariedad de los ricos empresarios en obras públicas que, día a día, imponen la tónica de sus mezquinos intereses con el tónico del sueño eterno para los acunados ciudadanos del futuro esplendor en esta patria acorralada de catres urbanísticos y ausente del cobijo social necesario.
Tanto servicio inconcluso extraviado en la almohada tecnócrata de los poderosos. Tanta sábana sin lavar y camas a medio hacer sepultaron definitivamente todo interés por las personas. Los mediocres planes ilustrados con la mano de la masturbada exclusión y el lápiz de hierro forjado, soldado en la riqueza de la propiedad privada, se transformaron solo en un consolador público que se mueve al ritmo de los que van sobrando y quedando a la deriva en este seco y norteado estero del húmedo Chile.
Entrar a picar fue el lema de los arquitectos somnolientos de su propio y egoísta destino en estos años de tránsito y crecimiento desmedido. Sacarle las piedras a esta ciudad ruinosa, del sin sentido, acuartelada, herencia de la mano con picota milica fueron urgentes promesas. Sin embargo y en el impulso de la alegría democrática de construir el futuro, no contaron con que dicho esplendor se transformaría en un corta fuegos que serviría para separar, más todavía, aguas entre el chorreo de los acaudalados y apenas el meado vinagre de lo precario. Al final, se pasaron de largo con tanto sueño inacabado y también se les hizo tarde con tanta grandilocuencia y pretensiosa puesta en escena del enjambre urbanístico que construyen.
Y el desmedro se nota, el sinónimo antónimo se nota justamente por la avalancha de diseño fastuoso en un sector de ciudad y el deshecho urbano básico para la otra mitad. Un parche en la herida fresca que ni con cemento sana. Es el concreto eterno para las aspiraciones de Chile pos dictadura y se nota. Hediondez y porquería de edificios nuevos van vistiendo a esta ciudad desnuda de organización. Puentes, vías, calles y anexos que se fabrican en la jauría de carpinteros designados (en el concurso de antemano adjudicado) y que transpiran, mastican y digieren las nuevas proyecciones, hechas con tinta de estuco autoritariamente yesero, para ordenar el plano que regula el crecimiento urbano de una ciudad que cuelga chueca y recargada hacia la extremadura del derroche inútil, según consta, en la vitrina de la cotidianeidad que nos toca asistir.
La mole de edificios tipo mediterráneo con vista al frío pacífico enturbia el paisaje. La piscina múltiple con demasiado cloro se luce y hace lucir a una poblada ávida de vestir el slip aguado y convertirlo en zunga del desarrollo social y sinónimo perfecto en este paraíso de la arquitectura oportunista, de la estética que se traza en la inmobiliaria del elástico desprecio y en la soberbia activación económica. Idilio además que hace rugir de inversión a cuanto chileno envalentonado e iluminado por las bondades que oferta la estabilidad tan solo para luego verlos llorar por tanta renta morosa y pagarés vencidos en la estafa de las leyes del mercado.
Es el truco de la calidad de vida promocionada en largas jornadas de populismo enclavado en la acalambrada entrepierna cordillerana a orillas del pestilente río bravo Mapocho. Tan lejos de la decencia él y que funciona además como muralla prefabricada de odioso apartheid en estos caminos borrascosos, intentando a toda costa, con los costos que ello tendrá, transformar a los huérfanos de la casa habitación en verdaderos proyectistas de la marginación y apurados egoístas por ocupar las vías rápidas y expeditas para alcanzar la fiesta patria del bicentenario.
Así es este sistema local de vida, procura irradiar modernidad en todos sus agrietados poros en desmedro de cierta armonía visual y también social si se quiere. Aquí la ciudad muestra su pronunciado lunar negruzco, demasiado rancio de subdesarrollo, salpicando de su brutal espinilla de vanguardia el acumulado de pus oportunista, para poner en claro que bastante nos falta para dejar de parecernos a nosotros mismos.
Es en definitiva una pertenencia e identidad demasiado aisladas en la helada y acalorada axila territorial llena de pelos de orfandad urbana. Y es que la vida en estas letargosas y trenzadas tierras sureñas no son más que un guiño bastardo a la geografía que nos vio nacer tan vellos pubis, sentados en la púdica bacinica acuosa del deshecho y también por la imposición desmedida de modelos económicos egoístas que han ido infectando, poco a poco, toda higiene urbana posible.
Este aislamiento transforma todo en una suerte de retiro espiritual permanente. Es estar eternamente encajonados entre la árida y tan llena de casas cordillera y el mar pacifico que cual estero intranquilo nos baña. Es mirar también a sus marginales geográficos y granados ciudadanos luciendo abundante cochayuyo y huiros que sirven para adornar cual parra seca sus limitadas vidas. Es de lejos ver árboles con demasiadas raíces de ulte y raras algas locales, llorando y llorando su solitaria y aislada procedencia. Es también darse cuenta que Chile ya no limita ni al sur ni al norte con nada que no sea el individualismo. Menos al centro, que se llena de codazos egoístas al prójimo y a los próximos que se atrevan a pisarlo. Es darse cuenta en definitiva que hoy tan solo se vuelve a borrar, con la goma de la línea divisoria del desprecio y limitada estrechez de quienes gobiernan, toda decencia, toda tolerancia, incluso aquella de construir un espacio de vida, por último, de mínima armonía en este pedazo de tierra - demasiado mezclada ya de hormigón, grava, algo de mármol con epígrafes, obituarios, cornisas, cuardasillas, nichos, columnas, capiteles, listelos, zoclos, cúpulas, ceniceros, sepulturas, fachadas de granito fino y cubiertas de uralita y teja - siempre a medio morir saltando.
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