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o cómo sacudir la flojera al verte
Por Carlos Osorio
Allí estaré sin prisas lluviosa tierra mía. Modorro ante tus gestos, apurado, incierto. Pasado de frío, masticando el hielo que ofreces eterno. Te buscaré como siempre lo hago terruño flojo y desabrigado, mudo e ingrato, para decirte hoy, mañana, cuando quieras, y sobre todo cuando te dejes, lo que causas a quién se acerca ufano, en su caudal sencillo, honesto, intentando arrinconar tu soterrada ruta, despertándola con el acoso de buen y despierto caminante.
Como un conquistador intrépido de aldeas y pueblos si se quiere. Un soñador que va descuartizando pesadillas en aras de un armónico tranco. Tratando de atrapar con los brazos limpios y extendidos tú historia. Tus pequeños asuntos de esa identidad que portas, con la que gigante te arrogas el desprecio hacia quién necesita abuenarse, de una buena vez, de todas tus reiteradas faltas y, sobre todo, acalambradas ausencias.
Nunca tan igual al villano Cortés y su jauría de rufianes que, a propósito, ya supimos, financiaba Isabelita la católica en aras de llevar a otros paisajes su odiosa casta identidad y cuanto envenenado ideal de causas injustas, gracias al ronquido filibustero del machete y arcabuz por ella donados, o de esos otros, que hoy se arrogan el derecho de pasarnos por arriba sin que nada ni nadie los detenga. Sencillamente, en mi caso, un regalador de sueños e implacable cultor de buenos y atentos deseos.
Y si de semejanzas menos semejantes se trata, con un perfil quizás más parecido al del prócer Sucre, liberador innato de conquistas e imposiciones, que por todos los medios, también, soñó en alguna ocasión, al igual que otros, hacer del barrio sudamericano el lugar ideal para la vida y perfectible territorio liberado para sus hijos e hijas nobles, aquí me tienes.
Tratando, además, de humedecer con mi caminar y actuares, aunque sea un poquitito, tu árida y sintética villa seca, a estas alturas, ya colmada de moles de cemento y de casi ningún particular respeto por el otro. En suma, un colgajo de muros alineados que detienen y segregan a los más tan solo por tener menos, a los menos tan solo por ser menos y en menos medida a todos quienes te quisieran más distinta.
Y no me hables de patria, pequeña aldea de cemento, menos me propongas una matria justa, porque mientras tanto no resuelvas tu camino injusto, tan lleno de piedras importadas y adoquines globalizados, de aquel mercado mezquino que tu arribista seso prefiere, seguirás siendo tierra que desarraiga al que más te insiste, al que más te porfía.
Porque ese pareciera ser el propósito impuesto en el devenir del hombre y la mujer contemporáneos, almacenados ya, en tu frigorífico tianguis de ofertas, en el orgulloso almacén de barrio que detentas, abarrotado de adornos de barro, anegado por tanta agua que corre ahogada en los escasos ríos que aún no congelas y vendes en tu sueño de libre pesadilla de mercado eterno, auspiciado de forma abnegada por aquella neurona que privatizaste definitivamente y que tan solo, alguna vez, se encargó de velar por tu cultura y demases.
Porque son ellos y, deja incluirme arrebatado, los que vemos cada día más lejana la posibilidad de contemplar el tierral con arbustos y flores que promedien y balanceen nuestra existencia, al intentar tu, canjearla por la insoportable calidad de vida donada en el mortal crédito que nos toca, calzado a la fuerza, bien ajustado de agobios y sin sentidos, gracias al intocable modelito que cual tufo nauseabundo, nos respiras.
Entonces y junto a mí sed de ir a tu encuentro, querida y siempre escala técnica franja de camino, de escasa tierra, húmeda, por lo demás, querrás acaso que lleve algo más que mis huesos, para abonarlos en cuotas en tu mercado inhumano plagado de gusanos, o tan solo llevo, solita, mi alma, para no darle el gusto a los roedores y antropófagos que te pueblan sin soñarte siquiera justa.
Cuéntame algún día si es posible mi oferta. Mientras tanto y mientras pueda, seguiré mi ruta desterrada, sin egoísmos, solidario, sin culpas y solitario. Porque, deja confesarlo, no veo para cuando desistas en tu porfía de llamarte patria o tierra fértil, al ser tu, no más que un terreno resbaladizo e incómodo.
Tembloriento por lo demás, para quienes te buscan con el único afán de parar su bella humanidad, portada sin aspavientos, te decía, sobre tu frágil cimiento, otorgado por la maquinaria pesada que hoy te construye, sin contrapeso, en grandes porciones de cemento de desprecio por la vida. De cadenas de hierro que oxidan al individuo y lo peor, que los incrusta, por entero, al muro de los lamentos que tú, solita, gustas revestir y estucar sin que nadie te autorice.
Así entonces, deja curar mi sueño, aquel que en largas jornadas de desvelos me impusiste alguna vez, a partir de aquellas exiliadas siestas adolescentes, en donde te incluía presuroso, y hoy tan solo, ya más viejo, nunca tan dócil y lento, te aparto sin nostalgias, acomodando mi cabeza, pelona peluda, en la ligera almohada que espero me libere de tu duro insomnio, gracias a las plumas de pájaro libre que acicalan, suave, mis tiernos sueños.
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