IDENTARIO DE UN HEROE PATRIO XXII
Y de tanto mentirse y mentirse ya adquiere actitudes de profeta, si es un descarado, por lo demás nada le cuesta. Su locura y desparpajo ni siquiera lo distraen del interés superior, entre mediático y mesiánico, y que delirante se ha trazado en pos de sus objetivos.
En eso se desvive últimamente, recreando mientras tanto su gusto por los recursos míticos, de aunar todas las fuerzas y esperanzas por notarse bonito, sensible, carismático, sobre todo con la prestancia de héroe patrio que ya se insinúa y de ese modo llegar a la masa en buena ley, adentrándose al subconsciente mismo del pueblo que lo espera con pleitesía, como si se tratara de la premisa hecha a la medida para tenerlo arrodillado, a sus pies, para mantenerlo resignado, sin importar la hediondez que porta de un tiempo a la fecha. Si no hay caso con el agua.
Contra todo pronóstico, incluso el de aquellos que no daban un peso por él y pese a la decadencia del apellido, a ése no hay caso valorizarlo siquiera, sabe que no faltarán los que se embarquen para admirarlo e idolatrarlo, eso lo da por firmado y por hecho aunque nadie lo crea. Si sobran los ilusos que tarde o temprano fijarán todas las esperanzas en su actuar, el mercado de héroes es escaso y la inmensa poblada es generosa con sus líderes, un roto para su descosido, sin más, es su tremenda conjetura y desde ya, modesto, sencillo, sin ningún dejo de soberbia, se dispone a sentar las bases necesarias que hagan posible orientar el rumbo preciso al desprotegido y andrajoso ciudadano.
Hilando contenidos, abrochando compromisos, tejiendo y zurciendo fundamentos pasa sus días, si hasta con aspecto de adonis mancebo con cierta semejanza a sócrates se descubre luego de toda su retórica y días de encierro frente al angustiado espejo, que finalmente se hizo pedazos, parecía su estrategia, para no seguir soportando su perorata. Dice se parece a la fina estatuilla con taparrabo que desde el patio, llena de temblores y contorsiones espera las ocurrencias del impostor éste, hasta el agua de la fuente como que se seca angustiada, ya ni modo, lo observan con desconfianza, como fijando su destino político, como secreteándole sus bondades, anunciando su derrotero próximo, a ver si así las deja en paz y logran salvarse de la angustia que este parangón auto anunciado regala cada tanto a cuanto objeto se le cruza por delante, como si se tratara de un antónimo del mismito rey midas y que, en su caso, todo lo que toca termina deprimido.
Ya cuenta con la tramoya y accesorios necesarios para vestir sus pretensiones, son las que se encargan, además, de ir arropando sus tremendas carencias; ahí se posa cual emblema patrio la sábana ya amarillenta, apolillada y gastada que de chico meaba a discreción, sus pobres riñones andaban con hipo se acuerda, se transformaron en retóricos, una masa que a pura clemencia andaba, el asunto es que con el trapo éste y que la historia familiar conserva, miguelangelito se disfraza a veces. Si ha visto a varios artistas hacer el acto simbólico de envolver sus presas con el emblema patrio y ya luego de cubrir las dificultades y vergüenzas con el mentado trapito tricolor, usarlo de pañuelo, garabatearlo, quemarlo o cagarse en él inclusive.
Para el caso es la toga perfecta que protege su escasa identidad cuando se trata de ensayar sus desvaríos y anhelos de prócer, y esa sí que es una afrenta para la inteligencia, y no hay modo con sus diatribas, con su especie de cantos líricos que hacen vibrar de terror al barrio entero; sus locuciones amplificadas hacia el público que se inventa e imagina vitoreándolo son entre violentas y llenas de odio, incluso no hay noche que los perros del sector, previamente organizados, cercan la caza estratégicamente para aullar toda su bronca y rabia a modo de contrarrestar al hocicón éste. Cada ladrido es un misil que tiene como finalidad aniquilar la facilidad de palabra del proyecto de héroe y que pese a su introversión desmesurada y a su atropellada dislexia, no tiene empacho en continuar con sus oráculos, actuaciones y dramatización de personajes históricos.
Ben hur, por ejemplo, siente que es una alpargata a su lado, además que para ser aristócrata es necesario parecer y la túnica y suaves mocasines que usa brillan con luz y colores propios, visten -dice en tono de meditación- su inmortal y pretencioso pellejo, como que éstos elementos le entregan el aire cercano a emancipador que se requiere, principalmente porque se encargan de deslizarlo, suavecito y casi armónico, por los caminos a la tierra prometida, a los límites exactos que todo prohombre de su facha requiere, al sitio del suceso que lo verá parir en estatua y que se riega y se fertiliza solo a estas horas a espera de su arribo definitivo. Así de simple.
Moisés es otra cita, en todo caso lo encuentra un niñito de probeta a su lado, además se lavaba los pies muy seguido mientras que, para él, eso es síntoma de resfrío constante, así lo criaron, abrigadito y de poco aseo, vayan a contrariarlo, es capaz de cortarse las patas para no lavárselas. Y a propósito de comparaciones ridículas, con el temita de las tablas no tiene parangón, es un mandado a ser con los números, y en un dos por tres se acuerda de las agotadoras tardes en donde las recitaba enteritas, hasta la del diez se sabe, de ida y vuelta. Pese a la mala memoria que porta durante mucho tiempo, éstas le permitieron llevar en orden la cuenta corriente de su padre, sencillamente lo honraba, y que a esas alturas dejó todo botado, incluso la casa, en pos de huir, lleno de pensamientos y deseos impuros, con el fino y educado profesor de matemáticas que algún día habían contratado para quitarle lo burro.
Ni hablar de Jesucristo, siempre le gustó la precaria sotana que éste portaba, entre que la siente hilachenta y jipi y muy a la moda, le sugiere la sensación de humildad que siempre ha deseado. Eso sí, se incomoda con el personaje, lo encuentra demasiado preocupado por los pobres, por lo demás, con tremendo martirio encima, y vuelve a las preguntas, a sus parábolas mejor dicho "¿será necesario acaso tanto sufrimiento para llegar al pedestal y la rotonda?" y a modo de sentencia y prevención –declara- que por ningún motivo su intención es terminar crucificado y ya luego lapidado. Mientras se contesta y con una fría sensación en su cuerpo, se manda un guascazo de vino de exportación tan o más grande que el porte de un buque, con la sabia intención de ir engrosando la sangre que pueda derramar en su martirio y que, nota, lo tiene más paliducho desde que resucitó luego de su travesía, por años, en el ya hundido barco insigne.
Comienza así un nuevo calvario -así le llama- su búsqueda identitaria -se arriesga a comentar- a sabiendas que, en su caso, se trata del perfecto mito en evolución, porque ya se anda y se urge con todo el asunto de transmitir sus sueños. Su proyecto inmediato lo requiere, y se desvive preguntando y conversando con los libros más a la mano, aplicando su propia mayéutica, analizando en ellos a la gente considerada sabia durante el transcurso de la historia, que no son tantos por los que se interesa y tampoco tiene mucho material en dónde buscar, su padre, en un ataque de celos, quemó casi todos los libros aquella vez que su madre miraba entusiasta y libidinosa las fotos de líderes mundiales, caudillos y papas, filósofos, poetas, artistas y todo lo que oliera a hombre, en su vida le habían tocado puros salvajes y sólo quería imaginar cómo sería estar con estos otros y poder ocupar, inclusive, toda la oralidad que, empalagosa y sensual, siempre acostumbraba.
Al igual que su olvidada madre, miguelangelito está dispuesto a sacrificar todo en aras del deseo, las pilchas, la cama, el perro, su camioneta, la herencia, su particular identidad e inclusive los peluches que aún conserva arrumbados en los estantes de su antigua recámara, aún siente cariño por cada mono coleccionado y acicalado durante su solitaria infancia, siempre serán sus únicos y cercanos amigos y de sólo pensar en abandonarlos, cierta tristeza que todavía es posible controlar lo inunda. Hasta a la familia incluyó en este ejercicio de desaseres para lograr el sitial deseado. Si mucho roce no tiene con éstas minucias -así les llama hoy- es por eso que considera, a como de lugar y necesario, apartar todo lo que sea sinónimo de decadencia y ruidos molestos que vayan en contra de sus hidalgos proyectos.
Por convicción y ya luego de la austeridad marina, de la soledad que un hombre de mar debe enfrentar en largas y agotadoras jornadas de no hacer nada, de los inacabables y sedentarios castigos que soportó luego de sus extraños comportamientos, del vacío y esfuerzos por controlar la fobia a las mazmorras oscuras que, además, sentía que en ellas penaban, entre que se avergüenza de pertenecer a esta especie de sociedad o ghetto del mal gusto que le toca, también teme a su pasado y va al grano; se desahoga blasfemando contra esa extraña calaña de tránsfugas y esperpentos de su misma sangre, de esos lambiscones y oportunistas nucleados en las bondades del esmirriado apellido, cortados con la misma y oxidada tijera el día que nacieron.
Será su especie de limpieza étnica -se dice- contra todo lo que huela a clan, porque hasta duda de la honorabilidad de la que se jactan, son tantos y malos momentos que pasó bajo el techo familiar que se promete borrar cada rastro, inclusive hasta las insignificantes huellas que los traiga a colación o insinúen, y para ello se vale de metáforas, de aquellas que aprendió del extraño capellán que todo los días, principalmente en las noches de aguacero y ante la desnuda tropa, declamaba como si se tratase de parábolas para que lavaran sus callosas manos y cuanta falta acumulada en la eterna travesía del barco fantasma ése, con el agüita que del cielo dios generosamente manda, en porciones, cada vez que la requieren los débiles hijos pecadores que pueblan la tierra.
Y ya que es imposible que la lluvia limpie tanta suciedad y malos ratos vividos, además hace tiempo que no llueve, le basta el orín de sus incontinentes riñones para ir meando fotografías, cartas, objetos de valor, libros, muebles, utensilios menores y desde luego las sábanas que lo acurrucaron toda una vida, es su propósito y modo para desmarcarse y para mantener incólume la imagen que tanto esfuerzo le ha costado. Será en definitiva su borrón y cuenta nueva para nunca más andar arrastrando culpas que no corresponden. A que le saquen en cara, a colación más bien, porque hay que dejar su caradura tranquila, tanto trapito al sol de la, desde ahora, ex-familia, principalmente para que no le vengan, ya luego, con el cuentito de cuestionarlo en su transito y encumbramiento al tótem de prócer que tanto anhela.
Aprovecha de pasar lista a su historial de hijo pródigo, y ya encarrerado, considera que, éste, es el instante oportuno para reflexionar el por qué detesta tanto a los suyos, sabe que sería largo analizar uno por uno los casos, y esos sí que son verdaderos y truculentos asuntos, sin más lo encuentra una perdida de tiempo, su pragmatismo le ha enseñado a dar vuelta la hoja rápidamente, sólo desliza que ninguno se merece lo obtenido, cuestiona duro y parejo las herencias, las fortunas que han acumulado sin trabajarle ni un día a nadie. No queda ninguno que se salve. Ni la virilidad deja de analizar, son varios los enfermos, que algunos otros pederastas y abusadores, no faltan los que se han violado hasta el gato, en fin, no le cuadran los números y, como testimonio de vida, como plusvalía y piso a futuro, encuentra que no le son necesarios, entre más lejitos, sin duda, se verán más bonitos –complementa- como para ir acabando generosamente y de una buena vez por todas con los suyos.
Comienza entonces su salomónica ceremonia que dejará definitivamente atrás todo lo que interesa mandar al carajo. Y mea sin cesar, a diestra y siniestra, el catre de bronce de cuatro perillas herencia de su padre y que luego su madre dejó para ella solita. Y si allí miguelangelito durmió sus primeros años de querubín e hijo menor, también quedó el recuerdo e imborrables huellas de las excitadísimas batallas campales que su progenitora practicaba todo el santo día con amigos candentes que la visitaban a destajo; como buena y entusiasta anfitriona a-cogía con lujuria a todo lo que se moviera a su alrededor, luego y antes de separarse definitivamente de su padre que ya mostraba facetas extrañas y extravagantes.
Ni hablar de las esposas oxidadas con las cuales disfrutaba que la amarraran sus múltiples amantes quienes desfilaban sin desparpajo con látigos y cadenas para entregarle placer a la fina y bacanal dama, de hecho esas fueron las escenas más fuertes que debió soportar escondido tras del armario, también para la ocasión se lleva una meada fenomenal y espesa, era en este arrimo de la tradición europea en donde su padre lo encerraba cuando comenzaban sus desvaríos de carcelero y torturador, más lo mea cuando recuerda la cara de felicidad, de goce y de misión cumplida que éste le obsequiaba al termino de las extensas jornadas que, cariñosamente, llamaba reflexivas y de orientación ideológica.
Y sigue meando de lo lindo el par de candelabros de la abuela, que no hacen más que recordarle lo poco lúcida e infeliz que era, que cuando le ganaba la ira, en su ataque y arrebato esquizofrénico, volaban por los aires y había que estar atentos a no llevárselos puestos en la cabeza. Todavía recuerda, con esfuerzo eso sí, el tec cerrado que lo mantuvo aturdido por allá en un hospital público, curiosamente ninguna clínica privada abrió sus puertas. Y que después de una extensa evaluación decidieron mandarlo al psiquiátrico, allí perdió ¡por suerte! -comenta- tres meses de internado y alguna porción de masa encefálica y de cuero cabelludo que según su criterio estético lo hacen lucir más bello pese a que, el tremendo batucazo, acabó con algunas neuronas importantes como las de la sensibilidad y esas cosas, de hecho, pone como ejemplo, hay veces que algunas letras se le amontonan y se tupen disléxicas en la gadgantda y no hay caso, ni siquiera los varios fonoaudiólogos contratados con el tiempo, supieron a ciencia cierta a qué se debió la carencia que hoy lo acompaña.
Y moja y moja los tomos del diccionario enciclopédico empastado, ni las finas biblias con viñetas doradas y cuántos más libros se asoman, para ésta su meada triunfal, alcanzan a salvarse. Recuerda muy bien que sus castigos tenían directa relación con los mamotretos éstos, la comprensión de lectura decía su educada y exquisita nodriza lo harían más excelso. Y si se portaba mal, a leer el diccionario pese a la cara larga. Que si no comía, a hojear las biblias o en su defecto la guía telefónica. Si no se bañaba, a escudriñar la odisea y la iliada al mismo tiempo. Si no hacía las tareas, vamos revisando los de mecánica popular. Que si lloraba o se reía mucho, déle con el selecciones o la constitución política. Que si gastaba de más, a mamarse los paiper de la escuela de chicago. De allí quizás su rechazo a la lectura. Que si se meaba en la cama, a puro dostoievski y virgilio el pobre. Palabra de dios -jura encabronado- y como muestra fiel a su versión de hombre de su época, con ilusiones y sufrimientos, meará por un buen rato lo que se ponga por delante, y por detrás inclusive.
No se contiene, de las meadas pasó directamente a la bilis cuando encontró allí arrumbado aquel overol del jardín de infantes, se le vino a la cabeza, mejor dicho se le bajó inmediatamente el recuerdo de las tías párvulas que por años lo hostigaron sin empacho, viejas crudas, beatas y amargadas a las que encuentra responsables directas de su acontecer por la vida. ¡De su mala educación pues! Si no hay caso, hasta cuando se afeita los pocos pelos asoman por el espejo para solicitarle que rece dos aves marías mientras afila el duro rostro, y si se corta, un padre nuestro, sin demoras, antes que por la herida entre alguna maldad. Fueron ellas además las responsables de inhibirle por muchos años la sexualidad, hasta ya grande andaba con el cuento de la semillita y los pajaritos, que los huevitos, convencido que los críos venían volando en patos desde el vaticano, que allí y gracias a quien sabe quién se hacían más bonitos, más angelicales. En un santiamén bien chorreado, ya con la vejiga exhausta y adolorida, dejó resuelto todo su pasado.
En fin. Su transición es un hecho y ni modo para el resto que respira con la dificultad propia de sentirse obligados a merecerlo, porque sépase y publíquese, miguelangelito será el animal de tomo y lomo justo para ahogar en sollozos a quienes lo estiman conveniente y único, el causante de sofocar en pura dicha a sus fans y futuros adeptos, de asfixiar inclusive al mundo con su prestancia y rara fisonomía, para hacer gozar con sus hazañas a la escuálida y apretada patria que lo vio nacer para mala suerte de ella y de la humanidad en su conjunto. Y no tiene prisa ¡no! nada lo apura, ni se despeina incluso a sabiendas que la ansiedad terrena es demasiada y anda desde hace rato tras sus huesos, de su talle y figura.
Y exclama al cielo, en señal de agradecido, la dicha de estar cada día más cerca de sus objetivos, y en pose mentirosa y verdaderamente mística se atreve cada vez más, y sentencia desde el podium que fabricó con los meados desechos y que para la ocasión improvisa, pese al hedor, su estirpe de líder natural, y leyendo su extraños versos y odas que lo autorretratan y exponen como el político más promisorio y emergente se manda la primera ráfaga: "Desde ya anda grabándotelo mundo". Nótese ya carraspeando sus primeros enunciados. "Acuérdate universo y todo lo que sigue más allá, ocupa todo tu tiempo libre que por lo demás no escasea, en aprendértelo y si es necesario recordarlo eternamente, que yo soy el enviado, el enunciado, el voceado, el exclusivo..."
Continúa emocionado, transpirando la palabra y apretando los puños y muelas, conteniendo el esfínter: "Sépanselo bien, allá voy sin contratiempos, allá espérenme de pie si fuese necesario que mi apronte cívico ya está a la vuelta, doblando en la esquina esa en donde confluyen ustedes y la esencia misma de los valores..." Y su discurso y verborrea ya pisan los talones a la imaginaria poblada. Su arenga y populismo es cosa de horas, pobre de las horas, se dieron cuenta que es imposible detener el tiempo. Su propuesta de nuevas y modernas leyes toca ya a la angustiada puerta que no haya dónde meterse. Su intención de gobernar no tiene precio, si hasta los billetes andan escondidos y clandestinos. Su misión superior ya tiene los días contados para descender triunfante en la arena o en lo que sea y que sólo los grandes, como es su caso, pisan o más bien suponen que pisan. Allí entonces, la arena, la tierra y todo sabia esencia mineral, se concentran y hacen lo imposible, un hoyo infinito para enterrarse y esperar que, el mentiroso miguelangelito, no las encuentre jamás, menos para que las pise.
Una sección en el diario Noticias con Objetividad del partido de La Matanza, dedicado exclusivamente a artículos de cultura y opinión.
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