Por, Carlos Kuraiem
Cierta vez sorprendí a mi padre empezando una carta para enviársela a mi tío en Santiago. Tardó meses en escribirla. Cada noche, después de regresar del trabajo y en la sobremesa, le iba agregando una o dos líneas. Paraba, con sumo cuidado apoyaba la lapicera a un costado de la hoja blanca y se ponía a leer en voz alta, con dificultad, su propia letra, como si gozara escuchando su voz que leía lanzando una risa cada vez que terminaba en el punto. La firma la practicó no sé cuantas veces hasta que se decidió por la que mejor le salió.
Cuando acabó la carta y compró el sobre para mandarla, mi tío que estaba muy enfermo había muerto.
La carta estuvo guardada en su valija durante muchos años.
Era un hecho.
Mientras esto ocurría yo juntaba cobre, plomo y aluminio por las calles y los iba a vender para, con esas monedas, comprar las primeras revistas y libros de aventuras. Con el tiempo se multiplicarían hasta no caber en el ropero familiar o en el aparador de mi madre junto a platos, vasos y el cestillo del pan.
La casa conoció así los libros.
Con esas primeras experiencias comencé a caminar y me di cuenta que para escribir, un papel basta, luego otro y otro más.
Si algo somos es poetas entre todas las cosas y no sobre todas las cosas.
Una sección en el diario Noticias con Objetividad del partido de La Matanza, dedicado exclusivamente a artículos de cultura y opinión.
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