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Por Carlos Correa.-
El tema lleva décadas sin que se hayan tomado las medidas pertinentes y pese las quejas que muchos usuarios efectúan a los distintos organismos de contralor, los conductores de transporte público, denominados “colectiveros” por el uso popular, siguen haciendo lo que quieren y lamentablemente, últimamente han incrementado sus malos ejemplos.
Paran donde quieren, no respetan las más elementales reglas de tránsito, fuman, conversan con amigos/as que viajan de “ronga”, se bajan del vehículo a hacer compras, se fastidian cuando sube gente mayor o con discapacidades físicas, hablan por celular mientras manejan, se ponen furiosos cuando alguien les indica algo, reniegan contra taxistas y remiseros y es muy común verlos bajar con el “amansa locos” en mano para dirimir cualquier incidente de tránsito.
Es verdad, no son todos, pero la gran mayoría tienen esas conductas que se han ido trasladando de generación en generación, como para corroborar que los ejemplos (en este caso malos) siguen siendo determinantes a la hora de copiar actitudes.
Los que siempre “bondiamos” por necesidad, los venimos padeciendo desde siempre y si a eso le agregamos el incremento de la falta total de respeto que las empresas de transporte tienen con sus clientes cuando de frecuencia se trata, llegamos a la conclusión que por más que protestemos y hagamos oír nuestros reclamos por la impunidad con que se manejan patrones y empleados, los dueños de la calle continuarán de pie, la ley de la selva seguirá vigente en nuestras calles y la incultura vial será una temática recurrente, pero sin ninguna expectativa de solución.
Pero no importa, mientras haya un espacio donde poder quejarse y en tanto se pueda continuar expresando el desacuerdo con este tipo de costumbres urbanas, hay que seguir insistiendo basados en una ferviente adhesión a la cita popular que sostiene que “no hay peor lucha, que la que no se intenta”.
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