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Por Carlos Correa.-
Cuando en el mediodía del sábado 29 de marzo de 2008, los trabajadores del Cementerio de San Justo arrojaban sobre su cajón la última palada de tierra, se cerraba el primer capítulo del insoportable calvario que representó para mí y mi esposa enterrar a nuestro hijo para que descanse en paz.
Se llamará siempre Damián Leonel, tenía 25 años y un montón de sueños que ya jamás se concretarán. Era buena gente, ya que todos lo querían y el desfile por su velatorio de amigos, conocidos, compañeros de trabajo y vecinos confirman ese calificativo.
Falleció el miércoles 26 a las 18.30 y comenzamos a velarlo a la misma hora del viernes 28 y esas 48 horas fueron equivalentes a un vía crucis.
No voy a contar públicamente detalles del hecho, tampoco el duro tránsito que debimos atravesar hasta que nos lo entregaron y menos aún a acusar a alguien o emitir conceptos que posteriormente no pueda probar.
No, estas líneas son para agradecer a todas las personas e instituciones que sin excepción, coadyuvaron para que mi familia transitara esos días de sufrimiento con el mayor decoro posible, a sabiendas que detrás de ella había un batallón humano dispuesto a ofrendar lo mejor de sí para aliviar nuestro sufrimiento.
No voy a hacer nombres. No quiero quedar bien con nadie en especial. Todos fueron importantes. Es más, estoy más sorprendido por algunos que vinieron que por otros que seguramente no pudieron estar, porque tenían sus obligaciones o porque no se enteraron que lo estábamos velando. Para adentro sé perfectamente quién es quién, porque a esta altura de mi vida ya no me endulzan las palabras, sino los gestos y las actitudes.
Por todo eso estoy gratificado. Sé muy bien que sin ese apoyo no hubiese podido estar de pie y por carácter transitivo, mi familia medianamente contenida.
Me duele el alma por lo que le sucedió a mi hijo y al haber cerrado el primer capítulo, hoy mismo abriré el segundo y así sucesivamente hasta llegar a la verdad. Para que haya justicia y para que si alguien tiene que pagar, que lo haga y que se siente un precedente para que -al menos en el lugar donde él trabajaba- no haya otros Damianes.
Damián ya no estará físicamente, pero su espíritu será el motor que me impulse para concretar esos objetivos.
El destino me sacó a uno de mis cuatro hijos y utilizando una metáfora futbolística, se me ocurre creer que Dios imitó a esos DT, que faltando cinco minutos para que termine el partido, reemplazan al mejor jugador para que todos lo aplaudan...
No sé, es la sensación que me queda, pero igual no hay consuelo. Además, siento que nunca lo hallaré y sólo encontraré resignación el día que la parca me visite a mí y me vuelva a reencontrar con él.
Pero de acá hasta ese pitazo final, habrá tácticas y estrategias; elaboraré todo tipo de jugadas, utilizaré todo mi talento y dejaré la vida en la cancha para encontrar la verdad y, especialmente, para que la larga cadena de responsabilidades no quede impune.
Será justicia!!! ¿Será justicia...?
Digo, porque siempre escucho que los jueces fallan...
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