El artista alemán Gregor Schneider busca un museo que acepte llevar a la práctica su particular idea artística, considerado "algo complicado", dicho por él mismo. “La muerte y el camino hacia ella es hoy un sufrimiento. El enfrentamiento con la muerte, como yo lo proyecto, puede quitarnos el miedo a la muerte”, justificó.
El artista alemán Gregor Schneider quiere mostrar su arte al mundo a través de la muestra "la belleza de la muerte", con fotografías de enfermos agonizantes y cadáveres de personas que acaban de fallecer.
Schneider busca un museo que acepte llevar a la práctica su particular idea artística, considerado "algo complicado", dicho por él mismo, informó el portal del diario español El Mundo.
"La realidad de la agonía en las clínicas, las salas de cuidados intensivos y los quirófanos alemanes es terrible. Este es el escándalo. La muerte y el camino hacia ella es hoy un sufrimiento. El enfrentamiento con la muerte, como yo lo proyecto, puede quitarnos el miedo a la muerte", afirma el artista.
Considerado como el más provocador entre los alemanes contemporáneos, Schneider ya causó revuelo el año pasado cuando instaló en Hamburgo, ente el Pabellón de Arte local, un cubo que recordaba a la Kaaba, la piedra sagrada negra de la Meca.
El cubo negro, de 14 metros de alto y 13 metros de largo y ancho, dio pie a un fuerte debate político, y su instalación había sido rechazada por Venecia y Berlín, ciudades que lo consideraban demasiado provocador a nivel político.
Fuente: Telam
Juan Carlos Moisés
Primero llegó Ultra, después llegó Inodoro. Se miraron y no se reconocieron. Tuvo que llegar Boogie para presentárselo como su primo lejano. Primo segundo, creo, dijo, seco, y lo miró, a Ultra, no a Inodoro. Te creo, dijo Inodoro; se parecen bastante. A Boogie no le gustó lo que acababa de decir. Inodoro lo miró como diciéndole hoy no da para hacerse odiar. Boggie no cambió su cara. Por dentro estaba desecho, pero su cara parecía seguir peleada con el mundo. Para disimular, Inodoro se alejó unos pasos y miró si venía alguien más por la calle. Ultra también miró hacia atrás. Venía Tadea y sus hijos, de la mano, se acercaron con temor. Ultra y Boogie se miraron sin cruzar siquiera un gesto. Inodoro le hizo señas a Tadea para que se acercara. Venía triste. Quién no, pensó Inodoro. Parecieron entenderse de entrada. Después llegaron Pad y Maggie. Antes de que alguien les preguntara nada, aclararon que había sido un día tranquilo, como siempre, y ahora este dolor, dijeron sin consuelo. Todos los finales son tristes, dijo ella. Hace mucho que no nos veíamos, dijo Inodoro. Es que vengo poco a la ciudad, se justificó. Usted está como siempre, dijo ella. Lo mismo digo, dijo Inodoro. ¿Se estaban piropeando? Nada de eso. Ella, una señora. Él, un criollo de ley. Pad, tan bonachón como siempre, esbozaba una mueca que parecía una sonrisa pero sólo era resignación. Eulogia llegó con un pañuelo en la mano; le costaba respirar. Tranquila, mujer, dijo Inodoro. Ustedes los hombres…, dijo ella, sin poder terminar la frase. Inodoro se ruborizó y apretó las mandíbulas. Creí que el sabandija venía con usted, dijo él. Eulogia, sin embargo, creyó que se había adelantado con Inodoro. Justo hoy no puede faltar, dijo él. No va a faltar, dijo ella. Un ruido de loros en el aire los asustó, hasta que se posaron sobre los árboles, los loros, y también los ruidos, otros se posaron en los cables de la línea eléctrica y unos pocos en el suelo, y todos a la vez callaron a la espera de algo. Nabucodonosor irrumpió a ras del suelo, miró a todos, agachó la cabeza sin dejar de hacer ruido con el hocico. Serafín se abrió paso y le llamó la atención para que se callara. Nabucodonosor movió la cabeza y olisqueó el suelo, menos con intención que como una costumbre. Las gallinas vinieron como en una procesión, silenciosas; miraban para todos lados. Se abrieron paso decididas hasta que se encontraron con los ojos tristes de Inodoro. La señora de Pelourinho sobresalía tras la última gallina. Al rato, como si se hubieran puesto de acuerdo para venir juntos, llegaron Lucio Alcides Alzamendi, Ernesto Esteban Etchenique, el Tío Eugenio, el profesor Erwin Haselblad, el viejo Casale, el Valina, el Colorado, Miguelito, el Pitufo, el Colifa, el Dani, el Rulo, Pochi, Belmondo, Sobrecojines, Tachuela, el Pacú, el viejo Macaroni, el Pichón de Cristo, Salaberri, Zeblintski, Edmundo “Cachín” Medina, Ismael, Betito, el Chacho, el Mono, el Monito, Poncio el profeta, el camarada Feodorovich, Horacio Bifontel, el capitán Limonada y detrás, separadas unos metros, llegaron Alicia, la gorda Irene y Rosita la obrerita. Se escucharon un buenas, un hola, un qué se le va ha a hacer, un vio usted qué fatalidad, un qué día negro. Se veían muchas cabezas gachas, a más no poder. ¿Qué decir?, dijo Lucio Alcides Alzamendi. Esta vez no se me ocurre nada, dijo Ernesto Esteban Etchenique. Pensó que ya no era capaz de decir nada interesante. Después de todo, eran personajes de la imaginación de alguien y del papel. Ahora, ese mismo día, estaban en problemas: él y todos los demás. ¿Lo sabían, se daban cuenta, lo experimentaban? En eso estaban. De a uno o en grupo seguían llegando, algunos sin convicción, otros, sin respuestas; todos, con el corazón estrujado. Todos menos uno, Boogie, que seguía mirando de soslayo y no podía creer todos los que eran. Ulpidio Vega se adelantó con Abd Al Kadash. Como en puntas de pie llegó Lady Elwood. A los pocos minutos, llegó la hermana Rosa, no sabía qué decir, y no dijo nada. El Caballero Blanco y Negro y el Caballero Amarillo vinieron juntos, entremezclados sus ánimos. Se quedaron mirando la nada. El General Romero no venía solo; sus hijos caminaban detrás. Unos, como los poyuelos; otros, a prudente distancia, como si todavía no se sintieran del todo sus hijos: Juan, Pedro, Joao Alberto, Jairo, Tico, Mané, Huitzilopochtli, Williams, Eduardo y los demás. El General Romero miraba disimulado hacia atrás; en varios de esos rostros creyó ver al Rengo Paz, pero era sólo sugestión. Boogie registraba todos los movimientos con la mirada, moviendo apenas la cabeza hacia los laterales. Llegaban tantos que pronto se vio superado por todos esos rostros. Pipo, Hugo, el Soda, De León, la Flaca y Annie se quedaron en el fondo. Best Seller se vio en el centro del grupo, y lo vieron, sin reacción. Amapola Vanderhoeven y Esteban de Montepío venían cansados, más bien abrumados. Best Seller estaba metido en sí mismo, como si todavía se encontrara dando vueltas en un área imposible. Acá falta gente dijo el Sordo. Faltaba, dijo Pochi; acá estamos llegando, y detrás aparecieron Roger, Gustavo, el Zorro, Ricardo, Guillermo, el Flaco Campana. Bueno, somos tantos que creo que estamos todos, dijo Ultra. Todos no, dijo Eulogia. ¿Entraremos?, dijo Maggie. No lo dude, dijo Boogie. Varios más fueron llegando sin hacer comentario alguno, como si no tuvieran ganas. En el fondo se veían caras que apenas se distinguían. No pensé que fuéramos tantos, dijo Inodoro. Pero falta él, dijo Eulogia. Sí, falta, pero ya va a llegar, dijo Inodoro. ¿Lo voy a buscar?, preguntó Boogie. Lo desalentaron con una seña. A lo lejos se escucharon ladridos. Mendieta venía revoleando la cola, pero no de contento. ¿Dónde te habías metido?, dijo Eulogia. Se lo veía agitado, no podía hablar. Hasta que pudo. ¿No entraron?, dijo. Lo que ves, dijo Inodoro. Ahora sí estamos todos, dijo Eulogia. Apareció una pelota de fútbol y algunos la patearon de mala gana. Uno intentó hacer jueguitos con el pie y se le cayó cada vez. Nadie tenía ganas de hacer jueguitos con la pelota. Si no la miraban, mejor. Las gallinas la esquivaron, Nabucodonosor se la llevó por delante. Los ruidos de disculpa se mezclaron con la decisión de Mendieta. Yo entro, dijo. Avanzó entre la gente. Al verlo, se abrió una franja, un claro que llegaba hasta el final de la sala, y se hizo un silencio nítido. Mendieta se intimidó; de lo lento que iba, frenaba a los de atrás, como si quisiera demorar el momento. La gente comenzó a cuchichear; pasó de la pesadumbre a la sorpresa. Los deudos tardaron en darse cuenta. Sin decir nada, sin hacer siquiera una seña, dejaron un espacio para que se acercaran. A pesar de eran muchos –nadie se imaginó que podían ser tantos- se acomodaron codo con codo, sin provocar revuelo alguno como no fuera la cara de sorpresa de los presentes. De a poco les fueron dando las condolencias. Inodoro se persignó y dijo unas palabras para adentro, que nadie pudo oír. Eulogia secó sus lágrimas varias veces. Boogie se quedó en segunda línea, miraba de reojo alrededor. Hasta que por fin aflojó. Cuando clavó la vista en el féretro le ocurrió algo que no le había ocurrido nunca. Así transcurrieron las horas, de dolor en dolor. Ahora estaban solos en el mundo. Lo acompañaron hasta la morada final, era una multitud, ellos y los otros. La pelota de fútbol apareció un par de veces en el recorrido. Como si nadie o todos la empujaran con piedad. Los loritos revolotearon como quien no quiere la cosa sobre las cabezas apesadumbradas. Después de unas palabras que se oyeron, de un aplauso prolongado y de un silencio que pareció eterno, la gente comenzó a irse. Así son las despedidas, pero esta vez no la puedo soportar, pensó Inodoro. La gente se alejaba, volvía a sus quehaceres, a su vida cotidiana. ¿Y ellos?, De pronto Mendieta se sintió iluminado por un rayo, que lo comprometió hasta las pezuñas. Se vio girando o sintió que giraba, y amagó para irse. ¿Adónde vamos?, dijo Eulogia. Sólo hizo una seña con un esbozo de sonrisa. Caminaron –es un decir- hasta el muelle. De cara al río, nadie entendía. El agua pasaba, como todo lo que pasa. Debe haber otro final, dijo Mendieta. Un indicio de esperanza les encendió los ojos, a todos. Apareció un barquito. El timonel, con una gorra ajustada hasta las orejas, les dijo: ¿Suben? Tiene que ser él, dijo Mendieta. ¿Él?, repitió Inodoro. Cuando pisó la cubierta, Mendieta se decepcionó: un muchacho de pelo rubio y lampiño se dejó ver bajo la visera de la gorra. Atracaron varios barquitos, un par de barcazas, lanchas, lanchones. Cada vez se renovaban las esperanzas de que fuera él, que los pasaba a buscar para irse juntos por el río, en un viaje soñado, y cada vez sucedía la decepción. Mendieta se volvió a iluminar. Ya sé, dijo. Y trotó hasta la avenida. Se frenó en la parada de colectivos. Lo siguieron por inercia. El tránsito se alteró como si de una manifestación multitudinaria se tratara. Pararon varios colectivos, Mendieta subió al primer peldaño para ver si el chofer era él, pero no era. Como subía, bajaba. Tiene que venir a buscarnos, dijo Mendieta. ¿Te parece?, dijo Eulogia. Lo otro tiene que haber sido un chiste de él, dijo Mendieta, no aceptando el estado de las cosas. Eso puede pasar en las historietas, y esto no es una historieta, ni hay globitos en los que podamos decir algo, dijo Nabucodonosor. ¿Y si es un nuevo cuento de él, que nos reunió a todos, a todos, ni uno menos, para que pudiéramos encontrarnos y estar juntos?, dijo Maggie. Juntos estamos, y gracias a él, mal que nos pese y nos duela, dijo Lucio Alcidez Alzamendi. Me gustaría que fuese un cuento donde poder decir una parrafada, o tal vez es un cuento y no lo parece, dijo Ernesto Esteban Etchenique. No sí si esto es un cuento, pero sé que somos un mundo en sí mismo, dijo el General Romero. ¿La deriva será nuestro destino, ahora que andamos como bola sin manija?, se preguntó Rosita la obrerita. Fue Boggie, no obstante, el que puso la nota realista. No es de esta manera que serán las cosas, ni él lo hubiera querido, dijo. ¿Resignarnos a este final tan triste?, dijo Mendieta. Según como lo miren, dijo Boogie. Fueron unos minutos de duda y, al instante, de increíble certeza. Boogie nunca había sido capaz de ser tan transparente con su cara. No hubo necesidad de más palabras. Sacaron fuerzas de donde ya no creían tenerlas. Algunos se despidieron como si no fueran a verse más, otros se dijeron hasta luego, otros se mantuvieron juntos. Ahí estaba, para ellos, esa otra forma de vida que era la ciudad, la gente, las cosas de todos los días, las alegrías y los dramas cotidianos. Esa y no otra era la respuesta. Ahora todo dependía de ellos, de ese primer paso que debían animarse a dar. Ese mundo también era para ellos y ellos eran para ese mundo. Fue sencillamente así: cruzaron la avenida, se mezclaron con los autos, con las personas que caminaban, y caminaron entre las mascotas y los chicos que jugaban en el parque. Los chicos que reían, silbaban, gritaban, corrían detrás de una pelota, una pelota que corría, corría, corría sin parar.
Noviembre, 2007
Edición: Carlos Kuraiem,
Colaborador especial.
Juan Carlos Moisés nació y vive en Sarmiento, Chubut, en 1954. Publicó “Poemas encontrados en un huevo” (1977), “Ese otro buen poema” (1983), “Querido mundo” (1988), “Animal teórico” (2004), y “Palabras en juego” (2006). Es dramaturgo y director de teatro. Autor de “La casa vieja” (1991), “Pintura viva” (1992), “Muñecos, un cuento de locos” (1993), “El tragaluz” (1994), “Desesperando” (1997) y “La oscuridad” (2002), todas obras estrenadas. Son conocidos y admirados también sus originales dibujos con los que en varias oportunidades ilustró sus libros.
IDENTARIO DE UN HEROE PATRIO XXV
Ocupado y visitando a los vecinos se ha visto últimamente, son los que se encargan de subirle el ánimo cada vez que las afrentas se amontonan en su agenda, colmando su humanidad enterita, que sumadas a los desprecios y escarnios lo llevan directamente al encierro y al desvarío, más ahora y luego de su primer encontronazo con la sociedad civil, de aquella decepción por la cosa pública que tanto lo ilusionaba y que lo dejaron cual loro en el alambre, déle que hablando solo, que hinchando con la monserga de sentirse superior a cualquiera, insistiendo al infinito en sus bondades divinas y, sobre todo, reiterando hasta el hartazgo con sus cualidades de prócer y estadista.
La imposición que los caudillos quisieron en aquel congreso ideológico de harta santidad pechoña, de pretender que su gallarda y manceba estirpe de prohombre llegara a la escasa masa concurrente, ansiosa por nuevos cuadros teopolíticos, los asustó y sobrepasó; su performática aparición de resucitado pseudo mesías, obligaron a claudicar en la idea de alzarlo como rostro oficial y carismático para las nuevas batallas electorales que se venían, tanto por el pavor a lo desconocido de sus descontroladas reacciones y los alcances funestos que las diatribas y excesos de vocabulario santo pudieran acarrear y, sobre todo, ante el temor a perder el registro partidario que tanto esfuerzo había costado, una variedad de aprensiones que lo fueron transformando en un perfecto no deseado, en un paria, en un cualquier cosa.
Tanta humillación recibida no se quedará así nomás -piensa mientras termina la sopa de caracoles que, con mucho cariño, casi en señal de pleitesía y con un dejo de metáfora para proteger su abandonado esqueleto, la atenta vecina le servía esa misma tarde ya luego de los incidentes partidarios en los que se vio envuelto- si era tanta su decepción, que arrasó con toda la olla sin importar la cara de susto y angustia que, en ese instante, obsequiaban los huérfanos moluscos allí ofrendados. No faltará la ocasión justa –se dice mientras se limpia la última larva- que permita desentrañar, con nombres y apellidos, todos los oscuros pasajes de aquel complot a su persona.
La historia se encargará de inmacularlo -es su apuesta- sabrá explicarle al mundo su fundacional gesto, principalmente porque habrá que ser claro con quienes aún le tienen confianza y que bien entienden que solamente fue usado, sin comprender sus alcances. Si finalmente fue un mártir en toda la extensión del sufrimiento inclusive. Y vuelve el arrebato, hasta las duras conchas se come de la furia, al recordar a esa camarilla de distinguidos y honorables patanes dizque de su misma ideología, hombres de escaso bien público sin altura de miras y que para la oportunidad fallaron medio a medio, perdiéndose la ocasión única e histórica de tener entre los suyos a tremendo pre prócer, a tremendo engendro divino.
Y ahí lo han de ver, haciendo su propia labor de hormiga con la grey más a la mano, visitando a los vecinos ex almirantes, jubilados que se la pasan todo el día ahogados en alcohol y elucubrando nuevos combates para salvar a la patria de ideas foráneas, saludando a acaudalados empresarios que pasean su honorable economía, con varios guardaespaldas eso sí, por temor a que les quiten su calidad de vida lograda con esfuerzo y dedicación, cotejando a ex curas, que lucen respectivas esposas y simpáticos monaguillos asistentes sin temor a ser penados por la ley del cielo, piropeando a tías solteras que no esconden sus máculas y sus caras de momia, palmeando a empleados y sirvientes que resignan extrañas muecas de algarabía y escondiendo, de igual modo, las ganas de patear hasta el cansancio a este auto convocado, luego de enterarse que es el padre de más de uno de los críos que hoy sus hijas arrastran por la vida.
En definitiva, son los encargados de atraerle el ánimo y quienes lo escuchan con pasión. Su discurso penetra en los más íntimo de ellos, su palabra se incrusta en el inconsciente de modo livianito y rápido, es tanto el buen funcionamiento y desdoblamiento de peroratas que ya grabó una serie de discursos frente al espejo, que por más quebrazones sigue soportándolo, a modo de hacer de su metalenguaje un dictado para que nuevas generaciones tengan la posibilidad de escucharlo fuerte y claro, macizo y vibrante, pleno y rozagante. Sin más, llevará su metálica palabra a quienes la necesitan, eso sí, nada de andar llevando la de otros, que harto esfuerzo significó hacer su propio ejercicio de amontonar párrafos e ideas, comprendió que, con él solito, la humanidad se basta y sobra.
Si está claro, y si no, para él lo sigue estando, se metió con todo a la volada de apóstol, si es cosa de ir precisando datos, gestos, poses, manías y ya verá el mundo de qué se trata todo su cometido. Mientras tanto ya se hace la idea de darle más peso a su filigrana, de cambiar de folio, incluso de auto bautizarse, de renombrarse; de ahora en adelante nada de llamarse miguelangelito, que lo encuentra ridículo, de poca monta y basureable, si ya es tan viejo que siente que su nombre lo apoca, como que le disminuye el acento que requiere, más cuando sus pretensiones van más allá que las de cualquier mortal, si de imaginarse sobre el monolito dispuesto, con un nombre disminuido, lo incomoda y le pone la piel de gallina, eso sencillamente sería causal de risas y chistes y no está dispuesto, a ningún costo, soportar semejante ridículo público.
Y si bien el apellido quisiera olvidarlo, también será parte de sus desafíos, por lo menos, darle un tonito más convincente, más a la altura, proclamarle cierto carácter, cierta ascendencia, lo nota demasiado esmirriado, blandengue y fácil de pasarse a llevar incluso. Y que lo perdone el padre y la madre, dios incluso -se dice entre consternado y ansioso, con pose de arcángel- pero ya es hora de dar definitivamente vuelta la hoja, mandarlos de una buena vez al carajo, de quemar todo papel, acta de nacimiento entre otros, que lo sindique o insinúe con el prontuario familiar que tan malos ratos le ha dado.
En algún instante pensó en llamarse o apodarse Ángel del cielo, así a secas, sin embargo piensa que la obviedad no es buena consejera, más cuando nota que son tantos los que ocupan ese modo para acercarse a dios, y allí explaya un extenso listado de políticos, curas, militares, servidores públicos, empresarios, presidentes de sindicatos, cantantes, que a toda costa se esfuerzan en treparse al cielo pese a su cabrón paso por la tierra, allí, hasta el nombre de su padre aparece cuestionado, siente que ya es el colmo seguir proclamándolo suyo, que no hay caso sacarlo de su condición y gusto por las extravagancias de cualquier tipo, es más, hace un tiempo pudo verlo en alguna portada de diario involucrado en una extraña red de prostitución, unas fotos tremendamente obscenas lo delatan, justo aparece practicando felatíos a una serie de vagabundos, posando con la mejor de sus sonrisas, disfrutando el instante, vestido con su ridícula bata de levantarse. Con justa razón prefiere ser un huérfano de una buena vez por todas.
Ángel para un final, era otro que pretendía, pero lo nota apocalíptico y temeroso, como que lo haya anunciatorio de calamidades y ya son muchas las acumuladas en su vida como para seguir inventariando algunas más. Ángel de la guarda fue otra ocurrencia una noche de soledad plena y desamparo, fue capaz de no convencerse de su utilización, sobretodo porque no tiene intensiones de transformarse en albacea que ampare las debilidades humanas, más cuando su idea es que sea él la dulce compañía y a quién atesoren como bien de la patria, como bien público, como lo justo para que sobreviva la especie.
Miguel Angel entonces, esa será su nueva condición, su gracia, lo encuentra preciso para su nueva etapa, ad hoc con sus pretensiones, es el mismo que le obsequió su padre, agradecido por su nacimiento, en aquella oportunidad que, entre inspirado y extasiado, doblegado por las circunstancias divinas, miraba al techo de la capilla sixtina, junto a su madre, quién, además, no cejaba en observar la virilidad de los personajes ahí plasmados y consagrados, toda vez que besaban boquiabiertos el anillo del papa de turno, apenas convaleciente de un fulminante cuadro de gastroenteritis aguda que lo tuvo en la cuerda floja por un buen rato y que justo esa vez, casi por milagro se decían, asomaba su hedionda y pedorra humanidad, que apenas podía sentar en el sillón de san pedro, en pos de saludarlos personalmente. ¡Faltaba más!
Y no conforme con afinar los nombres de pila, ataca sin contratiempo los apellidos; Romero de Terreros será su personalísimo nuevo sello ¿los anteriores? ¡Que se pudran! Ya luego de estudiar a plenitud orígenes y características de éstos los encuentra potentes, y si bien son letras que pesan, que su dislexia no deja masticarlos como corresponde, como que no logra ajustar su vocalización, los siente más cercanos, demasiado aromáticos y, sobre todo, más terrenos; por ejemplo, el Romero, automáticamente lo retrotrae a la santa iglesia, le refiere esas ramitas que cada semana santa miles de fieles compran en oferta y que son bendecidas por algún cura párroco, eso ya es contundente, más cercano a la flora inclusive, y sí bien, harto que tuvo que tomar tecitos a su corta edad, sobre todo esa vez que le dio por comerse los muñecos y juguetes, también le funciona como una proyección de lo que nunca ha gustado mucho, ese asunto de asearse, considera que, de este modo, lavará hasta las ofensas cometidas, porque son, estas hiervitas, lavadas con agua santa, las que reconfortan toda su carencia de higiene acumulada.
Ni hablar del Terrero, aquí sencillamente tiene una sola explicación, sin más, lo remite a la tierra, será el apellido exacto, como una décima señera, que se encargará de bajarle su necesidad del cielo, de afincarlo con estacas al terreno que de ahora en adelante verá su nuevo nacimiento, de enlodar y entierrar su nuevo modo de ser, de polvorear su auténtica manera de relacionarse con los otros, de que se grabe, casi como en arcilla, que se entienda de una vez por todas su necesidad de algún día llegar al sitial, hecho de arena, cemento, piedras y lo que sea y que su estirpe se vea lozana, clara y bella, como su apellido. Además que bastantes terrenos recibirá de herencia algún día no muy lejano.
En resumen, que su nombre compuesto y completo se aprecie en todas partes, más allá de la vida sin más, que su corteza de árbol, más gruesa que el mismo roble, sea tan inmarcesible como su legendaria estirpe, y que se riegue abundante y generoso, como un legado necesario, en beneficio de quienes tengan la oportunidad de admirarlo, de reojo incluso, de tocarlo o hasta de frotarlo, que se sepa entonces que, Miguel Angel Romero de Terreros, desde hoy en adelante, será el depositario de lo mejor que la vida ha tenido para suerte, sobre todo, de ella misma.
Una sección en el diario Noticias con Objetividad del partido de La Matanza, dedicado exclusivamente a artículos de cultura y opinión.
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