Juan Carlos Moisés
Primero llegó Ultra, después llegó Inodoro. Se miraron y no se reconocieron. Tuvo que llegar Boogie para presentárselo como su primo lejano. Primo segundo, creo, dijo, seco, y lo miró, a Ultra, no a Inodoro. Te creo, dijo Inodoro; se parecen bastante. A Boogie no le gustó lo que acababa de decir. Inodoro lo miró como diciéndole hoy no da para hacerse odiar. Boggie no cambió su cara. Por dentro estaba desecho, pero su cara parecía seguir peleada con el mundo. Para disimular, Inodoro se alejó unos pasos y miró si venía alguien más por la calle. Ultra también miró hacia atrás. Venía Tadea y sus hijos, de la mano, se acercaron con temor. Ultra y Boogie se miraron sin cruzar siquiera un gesto. Inodoro le hizo señas a Tadea para que se acercara. Venía triste. Quién no, pensó Inodoro. Parecieron entenderse de entrada. Después llegaron Pad y Maggie. Antes de que alguien les preguntara nada, aclararon que había sido un día tranquilo, como siempre, y ahora este dolor, dijeron sin consuelo. Todos los finales son tristes, dijo ella. Hace mucho que no nos veíamos, dijo Inodoro. Es que vengo poco a la ciudad, se justificó. Usted está como siempre, dijo ella. Lo mismo digo, dijo Inodoro. ¿Se estaban piropeando? Nada de eso. Ella, una señora. Él, un criollo de ley. Pad, tan bonachón como siempre, esbozaba una mueca que parecía una sonrisa pero sólo era resignación. Eulogia llegó con un pañuelo en la mano; le costaba respirar. Tranquila, mujer, dijo Inodoro. Ustedes los hombres…, dijo ella, sin poder terminar la frase. Inodoro se ruborizó y apretó las mandíbulas. Creí que el sabandija venía con usted, dijo él. Eulogia, sin embargo, creyó que se había adelantado con Inodoro. Justo hoy no puede faltar, dijo él. No va a faltar, dijo ella. Un ruido de loros en el aire los asustó, hasta que se posaron sobre los árboles, los loros, y también los ruidos, otros se posaron en los cables de la línea eléctrica y unos pocos en el suelo, y todos a la vez callaron a la espera de algo. Nabucodonosor irrumpió a ras del suelo, miró a todos, agachó la cabeza sin dejar de hacer ruido con el hocico. Serafín se abrió paso y le llamó la atención para que se callara. Nabucodonosor movió la cabeza y olisqueó el suelo, menos con intención que como una costumbre. Las gallinas vinieron como en una procesión, silenciosas; miraban para todos lados. Se abrieron paso decididas hasta que se encontraron con los ojos tristes de Inodoro. La señora de Pelourinho sobresalía tras la última gallina. Al rato, como si se hubieran puesto de acuerdo para venir juntos, llegaron Lucio Alcides Alzamendi, Ernesto Esteban Etchenique, el Tío Eugenio, el profesor Erwin Haselblad, el viejo Casale, el Valina, el Colorado, Miguelito, el Pitufo, el Colifa, el Dani, el Rulo, Pochi, Belmondo, Sobrecojines, Tachuela, el Pacú, el viejo Macaroni, el Pichón de Cristo, Salaberri, Zeblintski, Edmundo “Cachín” Medina, Ismael, Betito, el Chacho, el Mono, el Monito, Poncio el profeta, el camarada Feodorovich, Horacio Bifontel, el capitán Limonada y detrás, separadas unos metros, llegaron Alicia, la gorda Irene y Rosita la obrerita. Se escucharon un buenas, un hola, un qué se le va ha a hacer, un vio usted qué fatalidad, un qué día negro. Se veían muchas cabezas gachas, a más no poder. ¿Qué decir?, dijo Lucio Alcides Alzamendi. Esta vez no se me ocurre nada, dijo Ernesto Esteban Etchenique. Pensó que ya no era capaz de decir nada interesante. Después de todo, eran personajes de la imaginación de alguien y del papel. Ahora, ese mismo día, estaban en problemas: él y todos los demás. ¿Lo sabían, se daban cuenta, lo experimentaban? En eso estaban. De a uno o en grupo seguían llegando, algunos sin convicción, otros, sin respuestas; todos, con el corazón estrujado. Todos menos uno, Boogie, que seguía mirando de soslayo y no podía creer todos los que eran. Ulpidio Vega se adelantó con Abd Al Kadash. Como en puntas de pie llegó Lady Elwood. A los pocos minutos, llegó la hermana Rosa, no sabía qué decir, y no dijo nada. El Caballero Blanco y Negro y el Caballero Amarillo vinieron juntos, entremezclados sus ánimos. Se quedaron mirando la nada. El General Romero no venía solo; sus hijos caminaban detrás. Unos, como los poyuelos; otros, a prudente distancia, como si todavía no se sintieran del todo sus hijos: Juan, Pedro, Joao Alberto, Jairo, Tico, Mané, Huitzilopochtli, Williams, Eduardo y los demás. El General Romero miraba disimulado hacia atrás; en varios de esos rostros creyó ver al Rengo Paz, pero era sólo sugestión. Boogie registraba todos los movimientos con la mirada, moviendo apenas la cabeza hacia los laterales. Llegaban tantos que pronto se vio superado por todos esos rostros. Pipo, Hugo, el Soda, De León, la Flaca y Annie se quedaron en el fondo. Best Seller se vio en el centro del grupo, y lo vieron, sin reacción. Amapola Vanderhoeven y Esteban de Montepío venían cansados, más bien abrumados. Best Seller estaba metido en sí mismo, como si todavía se encontrara dando vueltas en un área imposible. Acá falta gente dijo el Sordo. Faltaba, dijo Pochi; acá estamos llegando, y detrás aparecieron Roger, Gustavo, el Zorro, Ricardo, Guillermo, el Flaco Campana. Bueno, somos tantos que creo que estamos todos, dijo Ultra. Todos no, dijo Eulogia. ¿Entraremos?, dijo Maggie. No lo dude, dijo Boogie. Varios más fueron llegando sin hacer comentario alguno, como si no tuvieran ganas. En el fondo se veían caras que apenas se distinguían. No pensé que fuéramos tantos, dijo Inodoro. Pero falta él, dijo Eulogia. Sí, falta, pero ya va a llegar, dijo Inodoro. ¿Lo voy a buscar?, preguntó Boogie. Lo desalentaron con una seña. A lo lejos se escucharon ladridos. Mendieta venía revoleando la cola, pero no de contento. ¿Dónde te habías metido?, dijo Eulogia. Se lo veía agitado, no podía hablar. Hasta que pudo. ¿No entraron?, dijo. Lo que ves, dijo Inodoro. Ahora sí estamos todos, dijo Eulogia. Apareció una pelota de fútbol y algunos la patearon de mala gana. Uno intentó hacer jueguitos con el pie y se le cayó cada vez. Nadie tenía ganas de hacer jueguitos con la pelota. Si no la miraban, mejor. Las gallinas la esquivaron, Nabucodonosor se la llevó por delante. Los ruidos de disculpa se mezclaron con la decisión de Mendieta. Yo entro, dijo. Avanzó entre la gente. Al verlo, se abrió una franja, un claro que llegaba hasta el final de la sala, y se hizo un silencio nítido. Mendieta se intimidó; de lo lento que iba, frenaba a los de atrás, como si quisiera demorar el momento. La gente comenzó a cuchichear; pasó de la pesadumbre a la sorpresa. Los deudos tardaron en darse cuenta. Sin decir nada, sin hacer siquiera una seña, dejaron un espacio para que se acercaran. A pesar de eran muchos –nadie se imaginó que podían ser tantos- se acomodaron codo con codo, sin provocar revuelo alguno como no fuera la cara de sorpresa de los presentes. De a poco les fueron dando las condolencias. Inodoro se persignó y dijo unas palabras para adentro, que nadie pudo oír. Eulogia secó sus lágrimas varias veces. Boogie se quedó en segunda línea, miraba de reojo alrededor. Hasta que por fin aflojó. Cuando clavó la vista en el féretro le ocurrió algo que no le había ocurrido nunca. Así transcurrieron las horas, de dolor en dolor. Ahora estaban solos en el mundo. Lo acompañaron hasta la morada final, era una multitud, ellos y los otros. La pelota de fútbol apareció un par de veces en el recorrido. Como si nadie o todos la empujaran con piedad. Los loritos revolotearon como quien no quiere la cosa sobre las cabezas apesadumbradas. Después de unas palabras que se oyeron, de un aplauso prolongado y de un silencio que pareció eterno, la gente comenzó a irse. Así son las despedidas, pero esta vez no la puedo soportar, pensó Inodoro. La gente se alejaba, volvía a sus quehaceres, a su vida cotidiana. ¿Y ellos?, De pronto Mendieta se sintió iluminado por un rayo, que lo comprometió hasta las pezuñas. Se vio girando o sintió que giraba, y amagó para irse. ¿Adónde vamos?, dijo Eulogia. Sólo hizo una seña con un esbozo de sonrisa. Caminaron –es un decir- hasta el muelle. De cara al río, nadie entendía. El agua pasaba, como todo lo que pasa. Debe haber otro final, dijo Mendieta. Un indicio de esperanza les encendió los ojos, a todos. Apareció un barquito. El timonel, con una gorra ajustada hasta las orejas, les dijo: ¿Suben? Tiene que ser él, dijo Mendieta. ¿Él?, repitió Inodoro. Cuando pisó la cubierta, Mendieta se decepcionó: un muchacho de pelo rubio y lampiño se dejó ver bajo la visera de la gorra. Atracaron varios barquitos, un par de barcazas, lanchas, lanchones. Cada vez se renovaban las esperanzas de que fuera él, que los pasaba a buscar para irse juntos por el río, en un viaje soñado, y cada vez sucedía la decepción. Mendieta se volvió a iluminar. Ya sé, dijo. Y trotó hasta la avenida. Se frenó en la parada de colectivos. Lo siguieron por inercia. El tránsito se alteró como si de una manifestación multitudinaria se tratara. Pararon varios colectivos, Mendieta subió al primer peldaño para ver si el chofer era él, pero no era. Como subía, bajaba. Tiene que venir a buscarnos, dijo Mendieta. ¿Te parece?, dijo Eulogia. Lo otro tiene que haber sido un chiste de él, dijo Mendieta, no aceptando el estado de las cosas. Eso puede pasar en las historietas, y esto no es una historieta, ni hay globitos en los que podamos decir algo, dijo Nabucodonosor. ¿Y si es un nuevo cuento de él, que nos reunió a todos, a todos, ni uno menos, para que pudiéramos encontrarnos y estar juntos?, dijo Maggie. Juntos estamos, y gracias a él, mal que nos pese y nos duela, dijo Lucio Alcidez Alzamendi. Me gustaría que fuese un cuento donde poder decir una parrafada, o tal vez es un cuento y no lo parece, dijo Ernesto Esteban Etchenique. No sí si esto es un cuento, pero sé que somos un mundo en sí mismo, dijo el General Romero. ¿La deriva será nuestro destino, ahora que andamos como bola sin manija?, se preguntó Rosita la obrerita. Fue Boggie, no obstante, el que puso la nota realista. No es de esta manera que serán las cosas, ni él lo hubiera querido, dijo. ¿Resignarnos a este final tan triste?, dijo Mendieta. Según como lo miren, dijo Boogie. Fueron unos minutos de duda y, al instante, de increíble certeza. Boogie nunca había sido capaz de ser tan transparente con su cara. No hubo necesidad de más palabras. Sacaron fuerzas de donde ya no creían tenerlas. Algunos se despidieron como si no fueran a verse más, otros se dijeron hasta luego, otros se mantuvieron juntos. Ahí estaba, para ellos, esa otra forma de vida que era la ciudad, la gente, las cosas de todos los días, las alegrías y los dramas cotidianos. Esa y no otra era la respuesta. Ahora todo dependía de ellos, de ese primer paso que debían animarse a dar. Ese mundo también era para ellos y ellos eran para ese mundo. Fue sencillamente así: cruzaron la avenida, se mezclaron con los autos, con las personas que caminaban, y caminaron entre las mascotas y los chicos que jugaban en el parque. Los chicos que reían, silbaban, gritaban, corrían detrás de una pelota, una pelota que corría, corría, corría sin parar.
Noviembre, 2007
Edición: Carlos Kuraiem,
Colaborador especial.
Juan Carlos Moisés nació y vive en Sarmiento, Chubut, en 1954. Publicó “Poemas encontrados en un huevo” (1977), “Ese otro buen poema” (1983), “Querido mundo” (1988), “Animal teórico” (2004), y “Palabras en juego” (2006). Es dramaturgo y director de teatro. Autor de “La casa vieja” (1991), “Pintura viva” (1992), “Muñecos, un cuento de locos” (1993), “El tragaluz” (1994), “Desesperando” (1997) y “La oscuridad” (2002), todas obras estrenadas. Son conocidos y admirados también sus originales dibujos con los que en varias oportunidades ilustró sus libros.
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