IDENTARIO DE UN HEROE PATRIO XXVI

12.05.08

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Categorías: Opinión, Carlos Osorio Morales

IDENTARIO DE UN HEROE PATRIO XXVI

En busca de la horma exacta para una falsa herradura

Por Carlos Osorio

Y ya tiene lista la justificación histórica de sus antepasados. Pese a que buscó legajos, que pasó muchísimas noches en vela mirando retratos, auscultando cartas, borrando desgracias, fotoshopeando rasgos, a Miguel Angel Romero de Terreros, no le fue posible dar con un gen que se aproximara a un ideal más exacto para así justificar sus pretensiones. Y ni modo, entre que rescató breves ideas, falsificando y desechando rostros de parentela, sumadas a una serie de fantasías, fue posible inventariar un perfil casi idílico y medio romanticon y a la altura de los requerimientos más nobles que todo buen hijo de la patria anhela.

Será su mística y poderoso entusiasmo contarle al mundo de su primer antepasado de fina ascendencia avecindado por estas tierras, de su grandeza, de sus amores, de pasajes insospechados que irán mostrando la sensible estirpe, el generoso talle, el correcto e inmaculado andar por la vida de los suyos. Y mientras se muerde la lengua a tropezones, cruzando los dedos para que esta verdad a medias aflore, sobándose la nariz que se agita y crece entre incómoda e impaciente por tamaña andanada mitómana que se viene, Romero de Terreros se manda la historia de su vida:

Sin cesar don Euroterio, el mítico bisabuelo (nótese la ascendencia del viejo mundo otorgada) buscaba el calce perfecto de su vida; hace tiempo que rondaba en su cabeza las ganas de amancebar, de contraer matrimonio, de formar su propio clan y, desde luego, arraigarse definitivamente en estos parajes del mundo. Parte de su familia se había asentado varios años antes en este territorio porque sin duda les atraía el clima y el paisaje, sin más, esas fueron sus dos condiciones para abandonar su original pueblito, ubicado allá, cerca del mar mediterráneo. (Aquí fue imposible definir la región ya que los mapamundis óptimos para la consulta necesaria, fueron presa de las llamas esa vez que su padre, en un ataque de celos de poder, insistía en autoproclamarse dueño de medio territorio patrio).

El punto es que, para don Euroterio, las ganas de recorrer el mundo eran su norte; tenía antecedentes o la mala costumbre de ansiar, permanentemente, otros horizontes; sus antepasados disfrutaban de su condición de nómades y no había caso estacionaran su humanidad en algún sitio, se sentían libres y conquistadores, una especie de habitantes globalizados y que, de sólo pensar en pisar... mejor dicho descubrir otras tierras, otras costumbres y culturas que no fueran las suyas, los llenaba de entusiasmo e infinita alegría.

De profesión desconocida, sin duda ese ir y venir por el mundo no le permitieron mayores chances estudiantiles, además que le costaba un poco el aprendizaje y se aburría de aulas y profesoras, prefirió ser, por siempre, un autodidacta de tomo y lomo. Es así que don Euroterio, que no trabajaba porque tenía muchas cosas que hacer, practicaba el hobby que por siglos su familia había hecho suyo; recordaba con orgullo que todos sus antepasados fueron zapateros de excelencia por allá cerca de las colinas del gran cerro, que hacía de cabecera municipal en el departamento ése que no hubo caso definir, y la fama cada día se acrecentaba, más allá de las fronteras incluso, de hecho, su afición por la buena mesa y sobre todo el buen vino eran producto de su prestigio en esas cuitas de la punta y el taco, y las monedas de oro nunca faltaron para repletar sus alcancías y darle tranquilidad a los suyos.

No existía zapato que no hubiera arreglado, allí llegaban de todos, aquellos con finas costuras de andar europeo, esos otros de charol que los prohombres de la aldea cuidaban con esmero pese al frío y su actividad cotidiana, esos veraniegos de una sola correa que permitían el descanso de la pisada, y un sin fin de modelitos que se encargaba de mantener bellos y dispuestos para sus dueños y dueñas. Es más, era tanta su fama que hubo necesidad de contratar una serie de ayudantes que permitieran la mejor extensión del oficio.

Disfrutaba de la visita a su negocio remendón de lo más granado de la provincia, todos lo buscaban, menos aquella bella dama a la que, previamente, había echado el ojo… los remaches, los clavos y las suelas; esporádicas veces pudo divisarla haciéndolo suspirar sin esfuerzo, sin más, se transformó en su talón de Aquiles. Las escasas pasaditas por enfrente de su boliche no bastaban para que se sintiese pleno, ella detenía su vida, haciendo de su corazón una alpargata, que a cada rápido latido dejaba de manifiesto sus pretensiones amorosas; veía en ella todas las cualidades de una persona con la cual podría arrebatarse de felicidad, la sentía la compañera ideal, la perfecta madre de sus tachuelas y ya se imaginaba, a futuro, el agradecimiento de hijos, nietos y bisnietos por tan buena elección la suya. (En esta parte Miguel Angel Romero de Terreros, entusiasta de sentimientos, hasta suspira de agradecimientos por la leyenda y el recuerdo de este su bisabuelo pre fabricado que acaba de inaugurar).

Fue así que un día conoció a la mujer de sus sueños, y que hace rato ya lo tenían con el martillo al ristre. Fue una tarde de sol en Abril que por primera vez la divisó, a lo lejos, contorneando su excelsa figura que dirigía, por obra y gracias, a su esplendoroso taller de reparaciones; llevaba en sus manos aquellos zapatos de monta que habían sido presa del accidente en su cabalgata rutinaria de unos días atrás, su caballo farolito tropezó nervioso luego que una herradura se desprendiera de su pata, provocando, a su vez, que ella saltara despavorida en aras de evitar algún daño físico. De allí las botas consentidas quedaron disminuidas y listas para la reparación. (Aquí, sin más, Romero de Terreros se justifica por el placer que siente a los caballos y, sobre todo, del cariño a sus viejas y gastadas botas y que, pese a los apretones que le provocan, siguen siendo sus consentidas).

Se trataba de la señorita Melinda y de verdad que era muy bella, que con su sola presencia apocaba a rosas y guirnaldas que envidiosas se ocultaban ante su fino tranco. Era de origen desconocido; resulta que sus papeles se extraviaron en alguna embarcación que, en pleno viaje al nuevo continente, fue asaltada por unos piratas de las aguas pacíficas, ya luego de permanecer atracada en un puerto, cuyo nombre no se recuerda, porque ya no existe, obligaron a sus padres a desembarcar solo con lo puesto y con la joven Melinda a cuestas.

Con apenas tres años, ella comenzó su nueva vida en otro sitio que simplemente no era el suyo, de allí su necesidad, para más grande, y ya luego de estudiar en forma esmerada en instituciones de buenas familias para la época, de hecho fue de las primeras mujeres en terminar una profesión, se concentró por buscar sus orígenes y el de los suyos, de quienes alguna vez decidieron abandonar la aldea europea en busca de nuevas posibilidades ya luego de la recesión que sobre el reinado, donde habitaban, se hizo evidente.

Era la dueña de la estancia de caballos de la zona y como cualidad terrena se ufanaba de ser una excelente amazona. Desde la llegada a tierra firme, a esta zona de verdes lagos y cerros, al igual que don Euroterio, ella y su familia se especializaron en la crianza de caballos de fina estirpe y que sus antepasados habían adquirido como oficio cuando Carlos V, el rey, notó en ellos dedicación y demasiadas cualidades sobre la montura. En su investigación del árbol genealógico, Melinda descubrió que toda su parentela había pasado por instituciones armadas de la corona y los que no, eran excelentes jinetes independientes y libertarios. (Sobre este asunto, Miguel Angel Romero de Terreros, entre que asienta y se avergüenza de tamaña semejanza con los suyos; si no existe generación que no haya pasado, de forma indecorosa por lo demás, por regimientos y academias de guerra, varios muertos a su haber se contabilizan y que llevarán clavados, en sus conciencias, hasta el día que se pudran o se los coman los gusanos).

Así entonces, entre saludos y cortesías, todo buen enamorado por lo demás acostumbra, don Euroterio fue capaz de darle la confianza necesaria a la aún adolorida jinete Melinda, de paso, auscultar el dañado calzado con la finalidad de repararlo, de repararlo entre comillas, porque su única intensión de ahí en adelante fue darle largas y comprometerse que pronto estarían listos, que espéreme un poquito, que fíjese que no han llegado de la ciudad los repuestos, que ¿sabe? se me echó a perder la maquina. Puras estrategias, porque la táctica permitiría verla todos los días de ahora en adelante.

Fue ya entrada la tercera semana que decidió finalmente entregar los escarpines perfectamente reparados, luego de las disculpas de rigor y al notar la cara de felicidad que la bella dama obsequiaba, optó por cotejarla, de decirle la necesidad que había creado, de sus mentiras piadosas en pos de verla más seguido, de contarle de su arrebato, que ni siquiera lo dejaba conciliar el sueño, de insinuarle con dichos sus deseos, por primera vez usaría una tremenda metáfora y que, sin más, la larga complacido, ella se había transformado en la horma perfecta de su zapato.

Melinda de allí en adelante, totalmente enamorada, deseosa de buenas y lindas palabras de su potencial romeo, llevaba y traía su colección de botines en busca del amor que Euroterio les procuraba, hasta incluso en una ocasión, sin pretexto alguno para la visita acostumbrada, se atrevió a llevar las herraduras de todos sus finos y adorados corceles. Sin duda, uno y otro buscaban el modo y el momento para no perderse las miradas, más si este ejercicio se practicaba en el crepúsculo y allí, no había caso perderse de las ganas de disfrutar el maravilloso encuentro que gracias a zapatos y herraduras se había producido.

Hoy ya desaparecidos, el tiempo el implacable hace su trabajo sin más, hijos, nietos, tataranietos, recordarán con orgullo esta simple historia de sus antiguos, de conmemorarlos, porque, a pie forzado muchas veces, también ellos van requiriendo ajustar la horma en pos de lo que el futuro les demande, y si no se los demanda, por lo menos podrán contar con la posibilidad de inventarse un bonito cuento de los suyos, enfundados en sus cómodas pantuflas identitarias que por suerte la vida regala. (Aquí ya no hay caso, la emoción lo desborda, hasta la sensibilidad se retrotrae, a espera de que, el mundo, note sus dones de bien nacido, que se de cuenta de la importancia de haberse parido en tamaña porción de amor terreno).

Agotado y sobrepasado, entre lágrimas y descompuesto, Miguel Angel, de una buena vez por todas, concluye con el idílico cuento de crear la perfecta génesis de los suyos gracias a las patrañas y mentiras narradas y rápidamente notariadas. Se felicita por la monserga y cursilería y de su capacidad estratégica (igualita a la de su bisabuelo) para ir limpiando la hoja de ruta que tendrá que seguir labrando. Simplemente siente que será su modo de dejar constancia legal del acomodo necesario de los de su especie, de él particularmente. Y termina ya, no sin antes alegrarse por este suspiro de verdades a medias, de mentiras piadosas, del perfil que se ha creado y que lo harán más proclive a ungirse, más luego que pronto, más tarde que temprano, más raudo que ipso facto, al sitial de héroe que corresponda y que tanto anhela.

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