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Un reclamo constante
Los reclamos empezaron el año último y llegaron hasta el Consejo Deliberante. El viernes, la comuna clausuró dos obras de edificios de altura en Ramos Mejía. La gente lo celebró con chorizos y hamburguesas en una esquina de la paqueta ciudad.
Por Omar Moreti (*).-
En un mediodía lluvioso, más de 60 personas se congregaron el viernes en la esquina de Urquiza y Espora, Ramos Mejía, para festejar la clausura del edificio -en obra- situado en la calle Vicente López 239.
A la hora del almuerzo, los vecinos, comenzaron a llegar tras escuchar el sonido de las bombas de estruendo que utilizan para autoconvocarse. En cuestión de minutos, toda la acera lindera con la obra de Urquiza 354 estaba colmada.
Mientras esperaban, que los chorizos y hamburguesas estuvieran a punto, los cánticos y las consignas se hacían oír por todo el vecindario. Banderas, carteles y pasacalles servían de marco para que la fiesta sea completa.
Apenas los vecinos empezaron a manifestarse y escarchar las obras, los obreros de las construcciones, que se levantan en esa cuadra, se retiraron provocando el asombro de la concurrencia. “Es llamativo que se vayan tan temprano, habitualmente trabajan hasta la tarde”, comentó Miguel Presa, referente vecinal.
“Nosotros no estamos en contra de la gente que trabaja -aclara Presa-, estamos a favor de un planeamiento urbano que contemple el crecimiento, sin afectar la calidad de vida de los vecinos. Eso es lo que le pedimos al municipio”.
En cuanto la parrillada estuvo lista, se acercaron a la mesa y disfrutaron de un almuerzo entre vecinos. Los chorizos, las hamburguesas, el pan, las gaseosas y los helados fueron donados por la gente del lugar, comprometida con la causa que tienen en común.
Mientras comían, todas las tertulias estuvieron orientadas hacia los problemas que acarrean las nuevas edificaciones en altura. “Cuando nos mudamos acá, el barrio era todo de casas bajas, había una familia por lote. Ahora, los edificios están avanzando y provocan un montón de problemas, de los que nadie se hace cargo”, se queja Adriana, oriunda de Ramos Mejía desde hace 20 años.
Otro de los presentes comentó: “desde que era chico y pasaba por el lugar, de paso a la casa de mis abuelos, siempre le decía a mi papá que en algún momento este iba a ser mi barrio. Ahora, veo como lo deterioran los edificios que construyen, y no lo puedo creer”.
“Este no es un problema de paisaje, los servicios están colapsando. Cuando caen dos gotas, esta calle se llena de agua. Si sube la temperatura, nos cortan la luz por el exceso de demanda. A la hora de ir a trabajar, el transporte público es un caos. Los que tienen chicos, no consiguen colegio. Esto no puede ser así…no vamos a descansar hasta que todo el mundo escuche nuestro reclamo y las autoridades hagan algo”, sentencia Presa.
A medida que el tiempo avanzaba, el cielo se fue oscureciendo y las primeras gotas comenzaron a caer. La gente del lugar se guareció en un garage de la cuadra y siguió con la charla, por un largo rato. Cuando el sol mostró nuevamente sus rayos, se fueron retirando hacia sus hogares con la promesa de volver a juntarse para continuar su lucha, codo a codo.
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