Por Fabián Banga
Tecum princípium in díe virtútis túae:
in splendóribus sanctórum, ex útero
ante lucíferum génui te.
Díxit Dóminus Dómino méo:
Séde a déxtris méis:
donec pónam inimícos túos,
scabéllum pédum tuórum.
De Salmos 110
La biblia de las Américas, 1997, lo traduciría así. Primer párrafo y primera voz comenzaría con el versículo tercero
3: Tu pueblo se ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder;
en el esplendor de la santidad, desde el seno de la aurora;
tu juventud es para ti como el rocío.
Y luego volverá al primer versículo con la segunda voz:
1: Dice el SEÑOR a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
Este canto eclesiástico (de la Misa de Gallo) de los tiempos bizantinos, tan foráneo para nosotros hoy en día, nos recuerda que no siempre la Misa o la Iglesia fue lo que es hoy, no siempre La Navidad significo lo que significa actualmente, y más radicalmente, el cristianismo no era lo que es hoy en su variada diversidad. Un estudiante una vez me decía al escuchar este canto que parecía tomado del Islam. Mejor sería, los cantos en el Islam se parecen a este estilo que es en esencia protocristiano. Así era la misa cantada antes de la Reforma, que luego vendría a encaminar todo a lo que más o menos es hoy la Misa Latina. Mucho de este estilo continúa aun hoy en día en el Catolicismo Ortodoxo de Oriente. Un mundo muy distinto el de la vieja Iglesia romana del mundo medieval. Encubierto por una manta de miserias, dolor, confusión. En ese tipo de realidad que tan bien intentó ejemplificar Ingmar Bergman en el Séptimo Sello. En semejante contexto pareciera reflotar una espiritualidad tan profunda, tan en cámara lenta, que nos es prácticamente desconocida en la sociedad posmoderna de hoy. Una espiritualidad a todo o nada, tan profundamente desacorde con nuestra sociedad basada en principios de inmediata satisfacción.
La primer vez que escuché esta versión del Tecum princípium no pensé en el Islam, pensé en el Budismo. Por el tiempo que se toma el rezo en enfatizar en las distintas imagines con melismas tan largas. Pero al sentir el elevamiento no solamente musical sino en imágenes reforzadas por la lírica, que hay en por ejemplo estrofas como “sanctórum, ex útero” hay que considerar que todo esto está tan lejos del Budismo y tan cerca del idealismo quijotesco y su lucha más allá de la imposibilidad. Interesante es ver que Bergman terminará cayendo también en este tópico, el hombre frente a la muerte y su intento de conocimiento o explicación frente a lo irreconciliable con la razón, con lo que está más allá de nuestras posibilidades y limitaciones.
La traducción de “seno de la aurora” versículo 3 del Salmo 110, en la versión de La Biblia de las Américas moderna, es interesante pero como siempre es otra ejemplificación de porque la palabra traducción tiene la misma etimología que la palabra traición. Quizás, la necesidad de reconstruir una imagen planteando una alternativa, frente a la imposibilidad de la traducción. Esa Aurora creo está quizás aún más lejos del significado original, que si a la ligera malinterpretáramos leyendo la palabra latina útero como la palabra en castellano. Porque ese lugar de origen, ese momento de prinFcipio, quisiera creer es un origen difícil de asir con el lenguaje. Lo indescriptible de este tipo de significado requiere de la música o de la poesía para que con su polifonía podamos entender limitadamente lo multidimensional del concepto. Ese espacio o tiempo ansiado al que el versículo se refiere pareciera referir a un lugar de origen que va más allá de los sentidos, un momento primero, que al dejarlo nos atrae a volver a ese mismo lugar. Ir en busca de ese lugar es un constante ir. Ir hacia ese lugar involucra un continuo volver. Volver a ese momento de origen no solamente literal, sino atemporal. Llegaremos quizás algún día a donde de alguna vez partimos para volver al mismo lugar. Hay, inevitablemente, algo del origen y de alguna forma, ese Logos que los griegos creían ver en Cristo. Eran otros tiempos estos bizantinos. Tiempos de la protociencia oscurecida por un dogma exageradamente complicado inclusive para el pensamiento moderno. La vida sería quizás una sepultura anticipada. Pareciera ser, también, que los ritmos y la velocidad diaria eran muy diferentes. Toma en este increíble rezo romano antiguo, 3 minutos para decir el primer versículo; un minuto por renglón. Imagino ese canto en una iglesia antigua, en el frio de la navidad invernal del norte, a la medianoche, las turbulencias de vivir en esos tiempo sin protección, sin tecnología, sin medicina o anestesia, con la mortalidad de esos tiempo, hambre, mortalidad infantil y una esperanza de vida de más o menos 30 años. Llegar a la iglesia y escuchar esto. Una iglesia que nada tiene que ver con una iglesia moderna, sin lugares para sentarse, profundamente fría no solo en lo climático, inaccesible.
Hace algún tiempo, tengo que confesar, tuve una lucha interna contra el cristianismo al ver las consecuencias que en la vida diaria sufrimos por la ignorancia de algunos dogmas. Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que uno no tiene que enfatizar tanto en las doctrinas si es que quiere recuperar la historia que hay en torno a las tradiciones que tenemos en nuestras sociedades. La historia de Jesús es una gran historia, más allá de lo que la institución eclesiástica represente o que si Él fue o no el hijo de Dios. Una historia que comienza con un niño nacido en la mayor pobreza, sin más defensa que la palabra. Un niño que no solamente no gana la batalla pero que inclusive muere crucificado; allende del concepto de la resurrección. Un niño que no solamente termina convirtiendo al imperio más grande de su época, sino que termina siendo considerado Él mismo, Dios o parte de la Trinidad. Un niño pobre sin posibilidades de nada que termina siendo el Mesías al que Reyes remotos siguiendo su estrella (con el espacio de la interpretación astrológica) llegan a adorarlo. Un niño con un destino mesiánico traído a este mundo en un pesebre. Un niño que hace su legión con mansos pastores iletrados que viene a reconocerlo como rey mucho antes que filósofos, religiosos o emperadores de su época. Es una gran historia aparte de su contexto religioso y que honestamente, deja irrelevante el contenido dogmatico que pueda acarrear.